martes, 24 de noviembre de 2020

NUEVO ARTÍCULO DE JAIME ÁLVAREZ-BUIZA

 


LUNES, 23 DE NOVIEMBRE DE 2020

MI HERMANO QUICO Y EL SILENCIO DE LOS AÑOS

     

De derecha a izquierda, Quico es el 4º, con sus manos entrelazadas.
          

Mi hermano Quico (Francisco Javier), murió el 20 de octubre de 1954, a los dos años de que naciéramos mi melliza y yo. Era un «niño azul», así llamados porque, en ellos, su sangre arterial oxigenada (roja), en algún momento del recorrido de vuelta desde el corazón se mezcla con la venosa de ida, no oxigenada (azul), y esa circunstancia hace que el color de su piel sea de un azulón más o menos grisáceo. En el caso de Quico, el problema venía de una abertura en el tabique que separa los ventrículos izquierdo y derecho del corazón, de manera que la sangre que la arteria aorta distribuía por su cuerpo, salía de él azulada, contaminada por la venosa sin oxigenar y, así, no repartía a los distintos órganos el oxígeno necesario para la vida.

           

Dormía en la habitación de mis padres, en una cuna de barrotes niquelados (el tercero de la derecha, se movía,) que ocupaba el espacio entre el lado de mi madre en la cama de matrimonio (que le den a Leticia Dolera y su nomenclatura) y la ventana del dormitorio, que daba a una pequeña terraza con macetas y arriates con campanitas, que llamábamos «La galería». Recuerdo que mis hermanos y yo, sobre todo los cuatro últimos de los diez, con gran disgusto de mi madre, las arrancábamos y, como abejas intrusas, sorbíamos el néctar dulcísimo de las florecillas desde el tallo. Y, después de sorber, soplábamos para sacar de ellas un sonido como de pedorreta trompetera más o menos musical.

            

La verdad es que ahora, que sólo sé el día de la semana en el que vivo gracias al pastillero o, si se me olvidó llenarlo el lunes, cuando se lo pregunto a mi santa, que ahí sigue aguantando mis despistes la pobre mía, mira tú que, sin embargo, recuerdo el año en el que murió un hermano al que, en realidad, no conocí. Parece que eso, como poco, es una señal de vejez. Digo, primo, el olvido borroso de la realidad del día en que vivo y, al tiempo, el recuerdo más o menos diáfano de lo que persiste sumergido en la niebla de un pasado distante o, no estoy seguro, quizá a veces inventado en el sueño de vivir. Puede que, por eso, haya pensado en Quico, del que no recuerdo nada más que lo que de él me habló mi madre. Entre otras cosas, que murió en sus brazos la madrugada de ese aciago día de octubre de 1954, con 6 años de edad. Y que, sentada a los pies de la cama, gritó abrazando su cuerpo inánime. Aunque creo que mi melancolía retroactiva, en este caso, se sustenta en el hecho de que heredara su cuna, su colchón y su sitio en el dormitorio de mis padres. Y de que yo no tuviera tiempo de conocerle. Y él muy poco para conocerme a mí.

            

En un artículo que publiqué en HOY, en febrero de 2017, ya saqué a relucir, sin darme cuenta de la que se venía y de refilón, este asunto. El artículo era un Elogio de la música, en el que mi hermano y su cuna usurpada aparecieron sin que yo los llamara. Pero ahí estaban. Decía entonces: «Yo creo que ya cantaba antes de hablar. Al menos no recuerdo cuándo hablé, pero al ocupar en el dormitorio de mis padres la cuna de mi hermano muerto, a veces, ellos dormidos, me despertaba con la luz que se colaba por las rendijas de la persiana. Y, quizás aburrido, cantaba. Posiblemente nada, solo intentos carentes de armonía. Tenía apenas dos años y aún vive entre mis manos ese querer coger la luz de las mañanas, esa felicidad de no ser nada, acaso un despertar de notas sueltas que olía a polvos de talco y a ternura. Música al fin y al cabo. Ahora, según dice mi santa, también canto dormido...».

           

Nunca había escrito de Quico tan descaradamente como ahora, quizá porque, como digo, no le conocí y no sabría qué contar de una relación que no existió por culpa de mi niñez y de su temprana e injusta muerte. Pero, de un tiempo a esta parte, me lo encuentro en mis desvelos como en un afán de recuperar lo imposible, de remediar lo que no tiene remedio. Y, a través de nuestra madre, casi reconozco su voz en el silencio de las horas que se fueron. Una manera de volver adonde nunca estuve o, tal vez, de volver a oír lo que nunca fui consciente de haber oído. O ansia de rellenar vacíos y pérdidas; de vivir la ilusión de una quimera poblada de fantasmas que vienen a mis manos para que les dé vida. Porque no me conformo, y él tampoco, a no reconocernos en el asombro de vivir esa otra vida que anida en los silencios. Conversamos, callados, con él en mis adentros, de lo que nos perdimos, de su cuna, los sueños y el llavero de madre, dorado y musical. Y del tiempo, claro, tema muy socorrido en ascensores y panaderías. Y sin duda también en los viajes... aunque éstos sean astrales, primo.

sábado, 21 de noviembre de 2020

La calma del encinare

 

 La calma del encinar                        

 ¿DE QUÉ ME SUENA? (I)

 

                                                    Tomás Martín Tamayo

 

 

 Al emperador Vario Avito Basiano,  Heliogábalo, lo degollaron a los 18 años por sus desvaríos. También por gilipollas. Después de descuartizarlo lo arrojaron al Tíber y el Senado decretó una “damnatio memoriae”, traducción libre latina de “olvidemos a este gilipollas”, para que  su nombre desapareciera de  los documentos públicos. Es lo que había hecho el propio Heliogábalo con Macrino, su predecesor, destrozando a martillazos sus estatuas para “sacar su nombre de la historia”… ¡Qué imagen, un gilipollas machacando las estatuas de otro gilipollas, con el aplauso de un pueblo agilipollado! Me suena.

 

 En estos dos capítulos conoceremos algo sobre Heliogábalo, porque me recuerda que, en lo  de derribar estatuas y machacar la historia para ajustarla a conveniencia, el muchachito fue un avanzado. También fue madrugador para usar los bienes públicos, buscar atajos legales, aliarse con lo peor y entrar a saco en las arcas de un Imperio del que se sentía propietario.

 

Aparquemos al virus y juguemos, que falta nos hace. La peripecia de este mequetrefe puede servirnos para entender algunos acontecimientos que parecen novedosos. En la historia, como “sucesión sucesiva de sucesos”, muchos personajes se solapan. Y muchas gilipolleces también. A mí “la cara” de Heliogábalo me suena. Que cada cual saque sus conclusiones y establezca paralelismos, si los encuentra, porque, todavía, el duendecillo de “la verdad” no controla nuestros esfínteres y, de momento, no está prohibido escribir sobre un tarambana que llegó a emperador, como él a híper-mega secretario de Estado. Aprovechemos antes de que comiencen a distribuir los bozales que sustituirán a las mascarillas. Vamos al turrón.

 

Cuando fue aclamado como emperador, con catorce años, Heliogábalo, alto y de complexión atlética, ya era un hombretón fornido, de aspecto agradable,  tímido, desconocido y sin formación alguna para el cargo. Nada sabía de las milicias, tampoco de la administración y solo tenía atisbos lejanos de la política, porque su padre había sido senador. Estos atributos, sobre todo los de ser desconocido y sin experiencia en ninguna disciplina, fueron los méritos  que movieron a la soldadesca a aclamarlo, después de haber degollado al emperador Caracalla y ante el temor que le sucediera Macrino. Por gilipollas se cargaron a Caracalla, por gilipollas no quisieron a Macrino y cayeron  en manos de Heliogábalo, el gilipollas mayor. El tipo se confundía incluso pisando uvas pero, ¡que rebonito era el jodío! Y qué mentiroso.

 

 La aristocracia romana protestó en voz bajita, casi con lenguaje de signos pero, ante Heliogábalo, se hicieron caquita, se comieron la lengua y se postraron suplicándole que los usara como felpudo… ¡Qué escena para Manuel Martínez Mediero: Un remolque de gallinas gilipollas cacareando ante un pollito gilipollín! ¿De qué me suena?

 

Heliogábalo no tardó en rellenar el espacio del desconocimiento sobre su persona y, como era un desalmado, ignorante, altivo, torpe, oportunista, ególatra y ambicioso, aprovechó la confusión para imponer sus caprichos, despreciando a los gilipollas oficiales y rodeándose de la chusma tabernaria de Roma, no menos gilipollas.

 

 Rompió las normas establecidas desde Augusto, ignoró los tratados, demostró que la cohesión del Imperio se la refanfinflaba, intercambió regalos con los enemigos de Roma, burló leyes, usó el tesoro público, situó a sus familiares y amigos y se saltó las costumbres sociales, políticas y religiosas. ¡Digamos, por resumir, que a una sociedad agilipollada le creció un gilipollas en el culo!… ¿De qué me suena?

 

El próximo sábado más sobre este Heliogábalo que parece reencarnado en nuestros días.

sábado, 14 de noviembre de 2020

 

Ya es hora de ver al PSOE sin mascarilla

El mayor riesgo para nuestra democracia está llegando por el momento por parte de un Gobierno de coalición en el que cada día cuesta más reconocer a los socialistas

Ya es hora de ver al PSOE sin mascarilla
Ana B. Hernández
ANA B. HERNÁNDEZ

Yo no sé si el poder corrompe, pero desde luego debe enganchar de tal modo que hay quienes cuando lo acarician ya no pueden dejarlo y es por eso que están dispuestos a hacer lo que haga falta, a ceder hasta donde sea preciso, para mantenerse en él. Porque solo en este interés se entiende el último atropello del Gobierno de coalición a nuestro sistema democrático, de la mano ahora de un 'comité de la verdad' dirigido por un comisario político experto en la creación de bulos. Porque a Iván Redondo ya le padecimos en Extremadura.

Pero más allá de quién vaya a dirigir o no ese comité, el hecho de que un gobierno se atribuya la competencia para decidir qué es desinformación y qué es verdad resulta más que peligroso para todos. Aunque tras el revuelo levantado desde el PSOE se ha tratado de asegurar que el objetivo no es vigilar a los medios de comunicación, sino poner en marcha una fórmula en consonancia con Europa para frenar las 'fake news' que tienen como objetivo cuestionar las instituciones democráticas, desde Podemos, que al parecer lleva la batuta en el Gobierno, nos han aclarado el objetivo.

Porque una vez más el vicepresidente Pablo Iglesias, ese político con intereses que nada tienen que ver con el bien de este país, nos ha explicado que el nuevo invento, que en realidad es otro intento más porque no es el primero, busca luchar contra «los poderes mediáticos que desprecian la verdad». Lo que viniendo de él, precisamente, pudiera significar que quiere poner un bozal a los que no piensan como él y osen no publicar su verdad. Porque tenemos un vicepresidente que es tan democrático que, por eso, le molestan los que no comparten su opinión, critican su gestión o cuestionan la rapidez y facilidad con las que se ha instalado en la casta.

La mano tendida de Cs para sacar los presupuestos hace innecesario el pacto con separatistas y proetarras

Pero digo que este comité es solo el último intento, por el momento, de este Gobierno de coalición por tratar de que las mascarillas que estamos obligados a llevar se conviertan en un bozal que les permita a ellos, y no a otros, convertirse en todopoderosos, en aglutinadores de los tres poderes cuya división es vital para nuestra democracia y, de paso, sin voces disconformes con su actuación.

Han aprovechado la pandemia y el miedo que todos tenemos en el cuerpo para quitarse de encima al poder legislativo con la aplicación de un estado de alarma durante seis meses, en los que el presidente del Gobierno lo único que tiene que hacer es ir a decir unas palabritas muy de vez en cuando al Congreso, donde ni se quedó para defender la medida. Quienes forman este Gobierno de coalición, y no otros, son los que han intentado y ya veremos si lo consiguen, que andan empeñados, en controlar el poder judicial, contrapeso indispensable en un sistema democrático, eligiendo a los jueces a su antojo. Y ellos, y no otros, son ahora los que tratan de controlar también a los medios de comunicación, censurando a los que no vociferen su verdad.

Ellos, y no otros, son por eso los que por el momento están suponiendo el mayor riesgo para nuestra democracia y nuestra convivencia, apoyados en la mayoría de las ocasiones por separatistas y proetarras, incluso cuando no es necesario, como ocurre ahora en la negociación presupuestaria. Pero, afortunadamente, la mano tendida de Ciudadanos, que hace innecesario contar con el apoyo de Bildu para sacar las cuentas adelante, deja a Pedro Sánchez sin excusa por fin para seguir pactando, a pesar de Podemos, con quienes pretenden la ruptura de la soberanía nacional, a no ser claro que el presidente se sienta mucho más cómodo con radicales que con moderados y su socialismo poco tenga ya que ver a estas alturas con el que ha contribuido a construir el Estado democrático que hoy tenemos.

Pactó enseguida una coalición con Podemos, después de contarnos que eso le quitaría el sueño y tal y tal, y desde entonces ha venido justificando su unión con los demás que están en el Congreso para ver solo qué pasa con lo suyo, como única fórmula para lograr la estabilidad que requiere un país. Pues ahora parece que el cuento se ha acabado. Si Ciudadanos mantiene la mano tendida quizás por fin podamos ver a Pedro Sánchez y también a su partido sin mascarilla. Así sabremos de una vez si los barones socialistas son solo ya, como lo es Margarita Robles en el Gobierno, versos sueltos de lo que un día fue el PSOE.

La calma del encinar

 

                     La calma del encinar

            

                    SINFONÍA DE LAS MANOS

 

                                                   Tomás Martín Tamayo

 

 

Mírense las manos, cierren los ojos e intenten recordarlas. Más allá de alguna cicatriz, una vena prominente o una uña estriada es difícil memorizarlas  porque  las manos cambian constantemente. Si ponemos las dos sobre una mesa comprobaremos que no se parecen, ni los  dedos, ni los pliegues, el color, el tamaño… Fotografiándolas sobre la misma base, en la misma postura, con  la misma luz y desde el mismo ángulo, de un día para otro las manos se muestran diferentes, como si se prepararan para un baile de disfraces. ¿Creen que podrían reconocer las propias entre cien pares de manos? Esa prueba ya se ha hecho y solo dos lograron identificar las suyas. Y si complicado es reconocerlas por el anverso, todavía resulta más difícil por el reverso, porque los pliegues de palmas y dedos aparecen y desaparecen en horas, complicando la identificación… ¿Y todo esto?

 

Tras el último trasplante de manos, leo que para los cirujanos la intervención no presenta excesivas complicaciones médico/mecánicas, pero hay factores que no pueden controlar porque las manos, aunque el trasplante haya sido un éxito, dan respuestas dispares. Por eso, algunos implantados han pedido que se las retiren, porque no obedecían, ni respondían a las órdenes del cerebro. Los cirujanos son reticentes a los trasplantes de manos porque saben que, al margen de los problemas que se derivan del rechazo, las manos  son “rebeldes”, no aprenden y se resisten a obedecer las órdenes de un cerebro que desconocen. Cavadas hizo el primer trasplante doble de manos, a Alba Lucia,  y se considera un éxito que, después de años, sus nuevas manos aceptaran levantar una copa para brindar por el éxito.

 

¿Son nuestras las manos o somos de ellas? En las manos está escrita nuestra biografía más completa: raza, edad, trabajo, clima, alimentación, placeres, enfermedades, sufrimientos… Son  únicas e irrepetibles y, entre los 7.500 millones que poblamos la Tierra, ninguna mano es igual a otra.  Tiberio, en los juicios que presidía, estaba muy atento al lenguaje de las manos, “que dicen lo que la lengua calla”.  Las manos delatan nuestro estado, en ellas están la verdad, la duda, la mentira, el miedo, la ansiedad, el disimulo, la añoranza, la desilusión, el odio, el amor, la añoranza... Se mueven mientras dormimos, trasmiten el placer del tacto, sudan, participan de los sueños e incluso van a su aire cuando estamos despiertos, porque son nuestras abanderadas. Nos delatan y nos dejan desnudos ante el que sabe mirarlas y hemos aprendido a trasplantarlas antes que a someterlas. Rompen nuestras estrategias y mientras fingimos calma ellas se agitan, se entrecruzan, interpretan su particular sinfonía, dibujan arabescos en el aire o levantan el vuelo, como un bando de gorriones asustados.

 

La mano acaricia y estrangula, mece la cuna y aprieta el gatillo, blande la espada, ejecuta, perdona, da seguridad y señala la duda. El llanto de las manos es más sincero que el de los ojos, porque en  las manos está el temor, el odio, la alegría y la desesperación. Shakespeare las llevaba siempre escondidas y a Cervantes le dolía la que había perdido.

 

Podemos burlar su resistencia y lograr que acepten un latido que desconocen, pero parece que permanecen al margen. O acechantes.  Si  un día perdiera mis manos, me decantaría por unas prótesis  mecánicas de las que pudiera fiarme.

 

 

 

 

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sábado, 7 de noviembre de 2020

La calma del encinar

 

 

                             PALO Y CERROJAZO

 

                                                       Tomás Martín Tamayo

 

No creo que oculten lo esencial, pero pienso que en la Junta tienen más datos de los que facilitan y que el tándem Vara/Vergeles hace en cada momento lo que creen menos  perjudicial, aunque tomen decisiones extrañas,  como la de mantener, con este incremento de víctimas mortales, abiertas barras y terrazas en las que se ha demostrado, hasta el hartazgo, que en ellas hay más contagio que mascarillas y distancia de seguridad. Es verdad que va más gente en los aviones y que se juntan más madres/padres en las puertas de los colegios, pero no es lo mismo cerrar colegios que terrazas.

 

Vara y Vergeles, como todos los demás, han decidido seguir a la Covid-19 con una actitud tan conservadora que les impide tantear alguna posibilidad que no sea la de dar respuestas tardías, y no siempre efectivas, a la iniciativa del virus, que es el que marca el paso y pone la música que todos bailan. La semana pasada Extremadura dio la nota, al quedar en el mapa de España, con Galicia, en un color que rompía la uniformidad, pero eso y nada es lo mismo porque si todos se confinan perimetralmente estamos igualmente confinados. Durante el puente la actividad en nuestra comunidad fue de celebración, porque el buen tiempo decidió alinearse con el virus para facilitar su propagación. La respuesta la tendremos en los próximos diez días, con repuntes que, como siempre, nos sorprenderán. El virus siempre nos sorprende, aunque sea predecible y esté más oído que los gorgoritos de Bisbal. ¿También nos está sorprendiendo el incremento de víctimas?

 

Días atrás, el alcalde de Badajoz, uno de los políticos más sensatos de Extremadura, anunciaba el cierre de un local del río… ¿Uno, Fran? ¿Lo habéis elegido al azar? ¡Pero si toda la margen izquierda es un botellón autorizado! Solo se entiende si es un aviso a navegantes, porque si la policía se pone estricta no deja una terraza abierta. ¿Se han molestado en girar visita a las casas de  juegos y apuestas, locales oscuros y cerrados en los que no entra ni el aire de un abanico? ¿Y las “quedadas” en casas de campo y descampados de proximidad? Son una constante, pero si no molestan o, como hay precedentes, no llama a la PM alguna señorona con poderío, mando y capacidad para movilizar de inmediato a un coche patrulla de la policía local…

 

Vamos hacia un segundo confinamiento, inevitable ya que nadie lo quiere parar. El virus no trepa por las paredes ni cae puertas a empujones y solo entra por las que dejamos abiertas. Mirando con un ojo a la economía y con otro a la salud, nos quedaremos ciegos, sin salud, sin economía, con secuelas dolorosísimas y muertes por la inacción de los empecinados en actitudes contemplativas. En  nuestra clase política hay poco espíritu emprendedor y todos están a la espera de no se sabe qué y al “que pase de mi este cáliz”.

 

Y si predecible es el virus, más predecible es la respuesta de cafres y ñúes, empeñados en atravesar un río lleno de cocodrilos, sin importarles que en la travesía queden padres o hijos. El empeño de muchos no es aislar el virus, sino burlar las normas y escapar de las miradas de la Policía o la Guardia Civil. La única solución es “palo y cerrojazo”, pero también llegará tarde. El único que madruga es el virus.

 

 

 

 

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sábado, 31 de octubre de 2020

LA CALMA DEL ENCINAR

 

                       
                                           UNA VISIÓN ANTICIPADA

                                                                                Tomás Martín Tamayo

                                                                                                       Foto: Magdalena de la Fuente

 El ruido de la techumbre al caer atronó sus oídos hasta ensordecerle, y despertó aunque no estaba dormido. Con el sudor perlando su frente,  miró alternativamente a derecha e izquierda pero no había nadie. Se encontraba en medio de la nada y, a lo lejos,  todos de perfil silbaban distraídos. Con el techo abierto, el suelo comenzó a ondularse, amenazando dejarle en el vacío, colgado de su ceguera. Todavía saboreaba el aplauso interesado y no entendía que él, el Cánovas del momento, la figura emergente que había escenificado un “hasta aquí hemos llegado” con tanto valor y osadía, el que había ganado una batalla en la que todas las apuestas le señalaban como perdedor, se viera en una situación tan penosa, sin techo, casi sin suelo y aferrado, como una vieja corista, a la ilusión de su día más luminoso. Y al aplauso del adversario.

 

 Tragó saliva, contrito y sin poder contener los lagrimones que le marcaban surcos en las mejillas, miró la enorme oquedad  interior,  el vacío en el que cabía un bando de gaviotas gritonas. Suplicante volvió a mirar a la izquierda, aquella que en su momento de gloria lo recibió con alharacas, extendiendo a sus pies una alfombra roja  que él pisó con aire triunfal. ¿“Marcial, eres el más grande”? Seguían mirando al tendido, pero por el rabillo del ojo celebraban, entre risas y cachondeo, su desconcierto de mocita seducida y entregada.

 

 A los que se había unido en un frente común, rompiendo puentes a mordiscos, ¿dónde estaban? Les hizo señales agitando los brazos:

“! Eh, colegas modernos y progresistas, que soy yo, el que quemó naves y parentelas de proximidad para estar con vosotros, el que meó más lejos aquel día de gloria!”. Silencio. “¿No me veis? Ocupé el centro  y me recibisteis como a uno de los vuestros!”. Silencio.  “Soy el del verbo florido, el látigo contra lo añejo, la naftalina, la España en blanco y negro”. Silencio. “Soy  el que zurró la badana a la parentela para ser tan moderno y progresista como vosotros, el que tiene altura de estadista”. Silencio “¡Pero si lo dijeron incluso El País, Escolar, Ferreras!..”. Silencio.

 

Cayó de rodillas, le temblaba la mandíbula, la soledad y la indiferencia le corneaban hasta morderle  las tripas. Entre risotadas le llegaba el canturreo, a dos voces: “Pobre tonto, ingenuo charlatán, fuiste paloma por querer ser gavilán”. Arrepentido, con la soledad aplastando sus recuerdos de gloria, miró hacia los suyos, que le habían jaleado hasta sangrarles las manos, pero solo encontró miradas esquivas y de reproche. Arriba las palmeras, indiferentes,  miraban las nubes y tampoco lo veían. ¿Era invisible? Giró y giró buscando una salida mientras el suelo comenzó a retirarse de sus pies, con un estruendo de “¡pardillo, pardillo, pardillo!”.

 

 

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sábado, 24 de octubre de 2020

LA CALMA DEL ENCINAR

 

                                 ¿ESTO POR QUELLO?

                                               

                                                                                                   Tomás Martín Tamayo

 

Espero y deseo que la revisión del callejero en muchos pueblos -Madrid incluido-, para bajar del mismo a próceres históricos del PSOE, haga reflexionar a algunos socialistas que, con ardor guerrero, mucha temeridad y poca reflexión, se impusieron la tarea de purificarlo personalmente, llegando a excesos caprichosos,  como  etiquetar de  “fascistas/franquistas” a personas que nunca estuvieron en el ideario franquista ni fascista. En la provincia de Badajoz  la purga saltó de pueblo en pueblo y con la presión de retirar subvenciones, se forzó a bajar de calles y plazas  nombres que ni remotamente entraban en el espíritu de la Ley de Memoria Histórica. Un juez paró el furor revisionista y desde entonces, menos mal, se hizo el silencio. Da para una serie este capítulo, lo sé, pero prefiero ser condescendiente y no pasar de aquí. Punto.

 “Hoy la Avenida Primo de Rivera de Cáceres ha pasado a llamar Clara Campoamor y el Parque de Calvo Sotelo, Gloria fuertes. Hoy nuestro callejero es un poquito más digno”.  Lo escribió Luis Salaya, alcalde de Cáceres, en su cuenta de Twitter. Al margen de la penosa y delatora  “dejadez” en la redacción, demostraba haber leído poco, que en historia está pez o que quien le asesora no le quiere bien. Coger la antorcha de un revisionismo cegato, fiándose de “expertos” parecidos a los que tuvo el Gobierno durante el primer confinamiento, es un disparate, pero como algunos creen que “todo vale para el convento”, estos sarpullidos  redentores seguirán alterando la convivencia… ¿Para ordeñarlos electoralmente? Te equivocas, Luis Salaya.

 Me aseguran que la Avenida de Primo de Rivera de Cáceres no rinde homenaje a José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange Española, sino a su padre, el general Miguel Primo de Rivera. Pero, aunque así fuera, la Ley de Memoria Histórica no hace señalamientos a periodos anteriores al 18 de Julio de 1936. La Ley hace una proclamación general  sobre motivos inequívocamente políticos o ideológicos, DURANTE la Guerra Civil, extensivos a los que tuvieron lugar en la dictadura POSTERIOR.

 José Antonio Primo de Rivera, fusilado el 20 de noviembre de 1936, fue detenido y encarcelado el 14 de marzo, cuatro meses antes. ¿Todos los “Primo de Rivera” están contaminados y deben ser perseguidos? Ah, bueno, si es cuestión de apellidos  pongámonos de perfil, pero ni el padre, Miguel, ni el hijo, José Antonio, tuvieron participación alguna DURANTE la Guerra Civil, ni “en la dictadura POSTERIOR”. Los muertos no entran en guerras ni participan en represiones, aunque haya mucho “vivo” aferrado a los muertos.

 Y si resbalón es lo de Primo de Rivera, patinazo a lo grande lo de Calvo Sotelo, asesinado de un pistoletazo por un socialista, guardaespaldas de Indalecio Prieto, el 13 de Julio de 1936. El inicio de la Guerra Civil lo vio  Calvo Sotelo desde la tumba y desde ella debió participar en la  represión posterior. ¿Por bajar esos nombres es el callejero de Cáceres más digno?  ¡Háztelo mirar, Luis Salaya!

 
Retirar de calles, parques  y plazas los nombres de Largo Caballero, Indalecio Prieto y otros muchos, es el “ojo por ojo” que nos dejará a todos bizcos. Y romper placas y bajorrelieves  con la sutileza de una maza, es caer  en los mismos excesos redentores. ¿Hasta cuándo el ordeño de la Guerra Civil? ¿Esto por aquello? Gilipolleces, España está en otros afanes.

 

 

 

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domingo, 18 de octubre de 2020

El artículo de JAIME ÁLVAREZ BUIZA


DOMINGO, 18 DE OCTUBRE DE 2020

LOS AÑOS Y EL SILENCIO

           

Yo era el bebé rechoncho del centro.

           El día en el que escribo lo que ahora leen es pura anécdota, un detalle aleatorio que nada aportará a lo que aquí yo diga. Y, además, no tengo ganas de mirar el calendario para saber. Lo que me importa es la luz de este sábado y de aquel momento, la efeméride intrínseca del ahora de entonces. Porque tal día como el cual, ese de 1952, 17 de octubre, hace 68 que me asomé al mundo en el Sanatorio de San Francisco.  En Badajoz, España. Nací, mellizo de una niña que esperó media hora mi llegada, a las dos horas y treinta minutos de un día viernes. Y, a pesar de ser el décimo hijo de mis padres, con lo que, por aquello de la enseñanza genética, el aprendizaje y la herencia cromosómica, debería haber sabido comportarme como un buen neonato, pues no fue así, porque no lloré al hacerlo, quizá por sentirme feliz y liberado al no tener que compartir un espacio agobiante, tal vez insuficiente, en los adentros maternos. Las lágrimas vinieron en un después urgente e inmediato, tras de los cachetes que recibí en las nalgas y que, al hacerme llorar, salvaron una vida, la mía, que recién empezaba.

 

Mi melliza y yo.

            Conforme los años han ido viniendo y a su compás, no al mío, incorporaron oscuridad o luz a mis silencios, llegado tal día como el descrito y desde un tiempo atrás de no sé cuándo, he tenido presente entre mis manos una frase de Mark Twain (Samuel Langhorne Clemens en los carnés), que se quedó grabada en mi mollera desde que la leí y que, para mí y mis neuras, fue, sin duda, un hallazgo definitivamente prodigioso: «Cuando era joven podía recordarlo todo, aunque no hubiese ocurrido; pero ahora estoy perdiendo facultades y dentro de poco ya no voy a poder recordar nada, salvo las cosas que nunca han pasado», decían al unísono Mark y Samuel. No sé qué edad tendrían uno y otro cuando dijeron esto que dicen que dijo uno de ellos, el otro o ambos, pero aunque yo no haya llegado todavía a una indigencia memorística que me obligue a inventar recuerdos y creer en ellos, bien es verdad que, sin saber en el día en el que vivo, me apabullan imágenes y sensaciones tan nítidas, tan claras, tan limpias, tan palpables de aquel sentir de entonces, que deben ser verdad. Mayormente, porque conozco los límites de mi capacidad para poder soñar quimeras que puedan distorsionar lo que yo he sido. Y hay imágenes tan firmemente ancladas a mi ensueño, que me impiden dudar de su certeza.  

 

Quiero decir, llegado a este momento y sin duelo emocional de ningún tipo, que he pasado la vida queriendo convivir con mis carencias, para tener constancia de aquello que no he sido ni jamás podré ser. Y he derrochado sueños obsesionado en un afán maníaco de recuperar tiempos, de almacenar razones (causa-efecto)  y, así, saber quién soy por lo que fui y, llegado el momento, a quién o qué me enfrento con mí mismo por no haber sido o ser como ahora soy. Recapitulo olores, angustias olvidadas, recuerdos polvorientos, como un bibliotecario que cataloga libros e incunables. Y la vida vivida se vuelve, en perspectiva, un presagio de intentos, de acasos imposibles, presencias fugitivas que duermen en estantes olvidados que nadie alcanzará. Un trabajo baldío. Un deambular adrede, sonámbulo y estéril buscando la constancia callada de la pérdida.

 


Vivir, llegado el caso, es tan sólo un relámpago que ilumina el silencio de una tarde de siempre que empieza a amanecer en el ocaso, con una luz marchita que quiere escabullirse de la noche, último sueño absorto de un amor infinito, sin remedio y sin tasa. Y el presente es la espera de un futuro impreciso, una melancolía más profunda y más tenue, más difusa, más íntima, que se aferra a los pasos indecisos que deambulan, sin rumbo, camino de la nada de un silencio obligado. Ilusión retroactiva, incompleta torpeza de las horas que sueñan.  

 

Dúctil como la vida que se fue, la infancia es una ausencia que vive el imposible de ser lo que ya ha sido y nunca vuelve si no es en la distancia del recuerdo, o en el absurdo amargo del olvido. Y seguir se transforma, cuando menos lo espero, en el afán absurdo de volver a un presente que no existe sino en el inventario de todo lo que ignoro, de lo que pudo ser y no conozco. Me recuesto en mis muertos para dormir el tiempo de este  dulce soñar de amaneceres falsos, sintiéndome culpable de estar vivo. Y, sin saber cómo recompensarles su  presencia, me  duermo amodorrado en el recuerdo sin que ellos hagan nada, tan sólo lo que pueden hacer y mejor saben, que es estar muertos. Y en su silencio ausente, ayudarme a vivir mientras los pienso. No pueden escapar de mi egoísmo: «Es la triste ventaja que tenemos los vivos».

sábado, 17 de octubre de 2020

Felicidades

 

                               FELICIDADES

 

                                                       Tomás Martín Tamayo

 

 

Felicidades porque  hoy cumples 42 años y eres un hombre con suerte. No has tenido que esperar sentado, como Penélope, en el banco de ninguna estación y cogiste el tren, asientos de primera, incluso sin billete. Si un día tengo ocasión pasaré un décimo de lotería por tu… espalda porque, por ahora, el viento de la idiocia sopla tus velas y tus entradas en puerto son tan espectaculares como las de Cleopatra. No eres un Adonis -al verdadero lo mató un jabalí salvaje y a ti te matará tu falsedad domesticada-, pero has sabido ordeñar y sobredimensionar la erótica del poder y bien parece que tienes colas para tu cola, porque es evidente que no te faltan “afroditas”.

 Felicidades porque, aunque no pareces acompañado de una inteligencia superior, eres ladino como para conocer el paisanaje y tu olfato supera los receptores olfativos del elefante. Como buen oportunista supiste ver el momento y te apoderaste de un movimiento popular multitudinario, del que quedas tú y los que tú quieres que queden, porque a los reticentes a servirte de felpudo les has ido dando matarile político, demostrando así su levedad frente a tu consistencia y supremacía. Hoy eres el macho alfa indiscutible, un caudillo, el papa Clemente  del nuevo “Palmar de Troya”.

 Cumples 42 años habiendo hecho realidad lo que ni siquiera pudiste soñar: casa de lujo, servidumbre, fama, feligreses, conductores, escoltas y la chequera repleta. Tienes hasta voceros para tu ego, y al Gobierno cerrando filas para protegerte, pese a que  se te señala por diversos delitos y alientas a separatistas y golpistas. Eso te define a ti y al Gobierno que te cobija.  Por menos, tú, con la moral acomodaticia de los falsarios, exigías dimisiones inmediatas.

 Felicidades porque, frente al desgaste de comunistas históricos, como Carrillo, Anguita, Llamazares, Frutos… sometidos a un ninguneo permanente por la “gauche divine” socialista, tú supiste ver,  entender y traducir al maniquí de pantalones pitillo  para venderle una moto gripada, logrando situarte muy por encima del respaldo que te da la calle. Curioso, el fracaso electoral te encumbró, eres la veleidad del “insomne” y lo que la urna te negó, él te lo regala “porque yo lo valgo”.  Lo llaman democracia. Y, como si fuera poco, llevas contigo  a tu capricho del momento y  a más de doscientos, que se salvaron de tus  purgas por el “sí bwana” incondicional. Tú solo vales por cuatro ministros y una vicepresidencia. Nunca nadie se vendió tan caro.

 Felicidades porque, teniendo en tu cabeza una tienda de antigüedades, luces palmito de modernidad y progresía, como lo evidencian tu aspecto desastrado, zapatos sin lustre, el pelo grasiento, la dentadura amarilla.... ¡Has logrado la excelencia en una España atrofiada, entregada, acojonada y confundida! Y todo por tu olfato depredador, por tu visión clarividente sobre un pasmarote ególatra, ensimismado y sin consistencia ideológica. Éxito rotundo en tu “defensa” de la monarquía, logrando que muchos comiencen a verla con simpatía.

 Y felicidades porque “donde dijiste digo, dices Diego” y te aplauden, te haces “casta” y te aplauden, traicionas tus supuestos principios y te aplauden, te subes el sueldo a capricho y te aplauden,  mientras que los monjes tatuados  y monjas rapadas del nuevo Palmar te siguen, esperando alcanzar una tierra de promisión en la que solo cabes tú.

 
Felicidades porque eres un genio y  luces igual de bonito con coleta o con moñito… ¡Vaya, me saltó el pareado!  Poesía eres tú, felicidades.

 

 

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sábado, 10 de octubre de 2020

LECCIONES RÁPIDAS Y SENCILLAS

 

                 
LECCIONES RÁPIDAS Y SENCILLAS

 

                                                                    Tomás Martín Tamayo

 

Hace muchos años, en plena euforia monárquica, con un Juan Carlos I al que se reverenciaba en toda España, escribí un artículo -¡pecado de juventud!- cuestionando su legitimidad de origen porque había sido señalado por Franco, del que había “heredado” la Jefatura del Estado… Además de no publicarme el artículo, recibí una atenta llamada de la secretaria del director  de HOY, para invitarme a tomar un café “con el jefe”, en su despacho.

 

Yo barruntaba un “despido” inmediato, pero el “jefe”, hombre inteligente y de autoridad sin titubeos, eligió el registro de la tolerancia: “Llevas varios artículos dando puntaditas contra la monarquía, yo sé de tus veleidades republicanas, pero este periódico no las comparte, te sugiero que no me pongas nunca más a prueba y que no vuelvas a enviar artículos en esa dirección”. No hubo café  pero sí mucha claridad y con pocas palabras, en unos minutos, me enseñó lo que es un periódico, una línea editorial, un director y un columnista. Nunca mais.

 

En Badajoz, horas antes de embarcar para el acuartelamiento cordobés  de Ovejo, donde teníamos que hacer el “campamento” del servicio militar, nos entregaron el petate con los útiles personales. Como soy “tipo medio”, toda la ropa me venía bien, excepto las botas, que eran del 45. Reclamé y me dijeron que intentara cambiarlas o que al llegar a  Ovejo se lo dijera al cabo furriel. En el tren, entre más de 200 aspirantes a reclutas,  ninguno aceptó el trueque y  al día siguiente, con mis botas de “siete leguas”, me dirigí al cabo furriel, que me dijo que eso tenía que autorizarlo el sargento Basilio: ¿Y dónde está? Siempre en la cantina de suboficiales.

 

Con mis botas al hombro y mi ignorancia sobre las “clases” militares, entré en la cantina de suboficiales, de la que un cabo me echó casi a empujones porque “¿dónde coño vas, recluta?”. Se lo expliqué y me dijo que esperara en las escaleras hasta que saliera el sargento Basilio. Mes de Julio, en Córdoba, a pleno sol y sentado en unas escaleras de granito, en las que se podía freír un huevo. Una hora después, el cabo salió para señalarme con gestos al sargento, que bajaba las escaleras con poca seguridad. Resopló al final de ellas, se puso la gorra de plato, sacó pecho y comenzó a caminar sin siquiera mirarme. Yo me acerqué y me puse a su altura. Era muy alto y me miró desde arriba, evidentemente achispado y oliendo a vino recocido:

 

-¿Qué te traes?

-Que ayer en Badajoz me dieron unas botas del 45 y las necesito del 41.

-¿Y a mí qué coño de dices?

-Es que el cabo furriel me ha dicho que solo usted puede cambiármelas.

-¿Yo? Mira chaval, el cabo furriel y tú os podéis ir a tomar por culo. ¡Largo, búscate la vida!

 

Lección aprendida, en un minuto el sargento Basilio me enseñó lo que era la mili. Como lo aprendí todo de golpe, me “busqué la vida” y al día siguiente  calcé unas del 41, mientras que el de la litera de al lado vociferaba, acordándose de la madre del cabronazo que le había cambiado sus botas… Lo vi tan apurado que me dio pena: ¡No te preocupes, eso te lo resuelve el sargento Basilio!

 

sábado, 3 de octubre de 2020

"Tonteridas" las justas

 

                        

 
 
“TONTERIDAS” LAS JUSTAS

 

                                                             Tomás Martín Tamayo

 

A las dos “V” mayúsculas de la Junta, Vara y Vergeles, solo se le contabilizarán los errores, supuestos o reales, porque no cabe el aplauso en una pandemia que arrastra muerte, quiebro y dolor. Ellos lo saben, es ley de vida, nunca lo harán bien y cada decisión que tomen será cuestionada. El sector sanitario, el educativo, el económico, los funcionarios, los autónomos, la restauración,  pacientes, sufrientes, parados, ocupados, jubilados… tienen razones para mostrar su indignación.  Estamos mentalizados de que “papá Estado” o “mamá Junta”  lo resuelvan todo, pero sin poner ni un suspiro de nuestra parte, y la espera se hace interminable.

 

Conozco a Fernández Vara y, porque le conozco, pese a las picazones que me producen muchos de sus silencios e implícitas adhesiones,  le tengo afecto. Sé que es un hombre cabal, reflexivo y que en sus aciertos y errores no entra la indigencia estratégica de rentabilizar el dolor. Es lo que hace el Gobierno, con un Pedro Sánchez capaz de ordeñar hasta que fluya la sangre. Es verdad que  a GFV, al margen de la erótica del poder, la política no le aporta bienestar porque puede vivir fuera de ella mucho mejor que dentro, aunque creo que esto no lo sabe todavía. Y Vergeles… Que me fustiguen los “kikirikis”, pero creo que es una suerte tenerlo ahí y ahora.

 

El mundo va a ruedas de la Covid-19, buscando paliativos para sus zarpazos y  con poco margen para adelantarse a ellos. No hay precedentes, no está impreso el manual de instrucciones y cada uno sortea como puede sus embestidas porque la “solidaridad interterritorial” es una milonga y de la europea mejor no hablar. Sabemos poco del virus, pero deberíamos saber mucho de nosotros mismos. Mientras no haya “palo y cerrojazo” y se tipifiquen como delito contra la salud pública las acciones incívicas que atentan contra la salud pública, no hay paliativo posible.

 

Con las manadas de ñues pastoreando  libremente por la sabana, todas las medidas se hacen inútiles. ¿Para qué tanta mascarilla si se permite que los fumadores la usen a conveniencia y está permitido que te echen el humo en la cara? ¿Lo evitamos a mamporros? ¿Para qué sirve reducir los aforos de las terrazas, si las mesas son las de siempre y en ellas es imposible establecer una distancia de seguridad? ¿Deja de ser obligatoria la mascarilla si te tomas un café de horas en una terraza? ¿Para qué las sanciones si no se pasan, no se pagan o un juez las invalida?

 

En Badajoz, el sábado pasado, en la margen izquierda del río, cientos de personas hacinadas, de celebración, sin mascarillas, bailando, abrazándose y compartiendo vasos gigantes… ¿La policía para qué? Corren el riesgo de acabar en el río. ¡Estas actitudes son las que finalmente cerrarán bares y terrazas! Nos cerrarán a todos.

 

No se respetan las normas de Tráfico por civismo y responsabilidad, sino por las consecuencias que se derivan de su incumplimiento. ¿Circularíamos a 120, 90, 30 o 20 si no nos sintiéramos vigilados y temerosos de la minuta que nos puede llegar? ¡Que pregunta más tonta! “Tonteridas las justas”, decía Chiquito. Medidas útiles y coercitivas  o  barra libre en la selva.

 

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