A BUENA HORA

Creo que tendría más éxito una huelga general convocada por el Gobierno
contra UGT y CCOO, que la que pretenden los dos sindicatos contra la reforma
laboral del Gobierno. Si la primera rozaría el absurdo y la estupidez, la
segunda entra directamente en el marco de lo gilipollezco, porque, a buena
hora, salen los dos sindicatos con sus cantos de sirena. El personal está hasta
ahí mismo de Toxo y Méndez porque, uno con cara de estreñido y el otro de
zampabollos, los dos representan al sindicalista renegado que pone sus naves al
servicio de la política, a cambio de un buen chusco. A pocos ha sorprendido que
ambos, después de soportar pacientemente durante ocho años a Zapatero, rajen
sus vestiduras antes de dos meses de la llegada de Rajoy. Ahora anuncian
movilizaciones para calentar el puchero de
una huelga general que hoy parece tan irrenunciable como ayer inasumible.
¿Qué ha cambiado? La situación es la misma, los sindicatos son los mismos y los
parados también. Ha cambiado el Gobierno.
Es evidente que desde antes de
las elecciones, incluso antes de que fueran convocadas, en el calendario de los dos compadres, Méndez
y Toxo, figuraba el andamiaje de conflictos sociales si Mariano Rajoy llegaba a
la presidencia del Gobierno. Más fieles al interés político que sindical, no se
han hecho esperar y claman contra el paro venidero, pese a ser padrinos del
actual, con el que se callaron a buen precio. No quieren una reforma laboral
que, a la fuerza ahorcan, no puede retrasarse si no queremos que la UE nos dé
portazo y los parados se dupliquen en apenas un año. Los prendas soportaron,
impasible el ademán, la escalada hasta los cinco millones de parados y no
perdieron jamás la sonrisa porque aquello parecía algo distante que no les
afectaba como sindicatos de clase. Mientras tanto se dedicaron a recoger
subvenciones multimillonarias que bien podrían haber resuelto las penurias económicas
y laborales de miles de familias. Hasta el último consejo de ministros
presidido por Zapatero, estuvieron ordeñando la teta, haciendo caja por el precio del chitón en boca.
¿París bien vale una misa?
Durante la escalada galopante del paro, llevado de la mano de un
Zapatero que se fumó los brotes verdes mientras los dígitos se disparaban, los
dos sindicalistas razonaban que no estaba el horno para bollos: “no saldremos a
la calle por responsabilidad, porque España no está para huelgas generales”.
Cuando por fin la convocaron, a la fuerza y a regañadientes, fue con tanto
edulcorante que al final no se sabía si era contra la Patronal, contra el PP o
contra el lucero del alba. Desde luego no contra el Gobierno. Ni resolvieron
nada entonces ni nada resolverán ahora, pero eso no parece importarle mucho a
las dos joyas del sindicalismo que creen que así cubren el expediente y
adecentan su pasado reciente de palmeros y besucones. Tal para cual, Zipi y Zape, se han propuesto acabar con el
ya mermado prestigio de sus respectivos sindicatos. Si a la llamada respondieran sólo los afiliados, la huelga general podrían materializarla en
una discoteca, al tintineo de un buen whisky. Y sin dar el coñazo a nadie.






