sábado, 16 de junio de 2018

TENEMOS GOBIERNO


                    

             La calma del encinar
             TENEMOS GOBIERNO
              
                                    Tomás Martín Tamayo
                                          tomasmartintamayo@gmail.com
                                          Blog Cuentos del Día a Día 


El sábado 28 de enero de 2012, con motivo de la presentación del primer gobierno de Mariano Rajoy, escribí en este espacio una columna con el mismo título: “Tenemos Gobierno”. Había transcurrido algo más de un mes y los nuevos ministros desplegaban con entusiasmo un abanico de medidas y reformas encaminadas a poner remedio a los desastres del noqueado Zapatero. Me pasé de entusiasmo, no imaginaba que el gran paciente, que hasta entonces había sido Rajoy, era en realidad el “gran indolente” y que al híper guay de ZP lo sustituía un “tancrediano”, convencido de que lo mejor que podía hacer era no hacer nada, porque los problemas que tienen solución se resuelven solos y los otros mejor no tocarlos ni con un palo.

No he modificado el pobre concepto sobre Zapatero, ahora  correveidile de Maduro en Venezuela, pero si tuviera que elegir entre uno y otro, posiblemente imitaría a Rajoy y me quedaría cruzado de brazos y mirando al tendido, porque sería como elegir entre un catarro y un constipado. ¡Qué quince años llevamos! Lo bueno es haber comprobado que España es capaz de flotar y seguir en superficie, soportando el torpedeo de sus propios cañones. Zapatero con su acción dio alas a los separatistas catalanes y Rajoy, con su inacción, también. Si con ZP éramos el cachondeo de toda Europa, con Rajoy hemos dado otra vuelta al torniquete y además de cachondos, corruptos.

Zapatero se fue con la misma inopia con la que había llegado, sin enterarse de nada, Bambi hasta el final, y Rajoy, menos tonto de lo que parece y menos listo de lo que él se cree, todavía anda contándose los dedos de las manos, sin encontrar cometido a sus favoritos, que son los anulares… Y ahora, en un salto de la rana que ni el Cordobés, llega Pedro Sánchez con un Gobierno de fina estampa y con dificultades para poner un puesto, pero no caigamos en la desesperanza… ¿De qué sirvió la mayoría súper absoluta de Rajoy? Miremos al cielo y confiemos que la minoría súper absoluta de Sánchez sirva para algo más. Tiempo habrá para analizar en profundidad las decisiones de Sánchez, pero de entrada han conseguido que se visualice algo  importante: tenemos Gobierno. Si a Rajoy le salta lo de Máxim Huerta hubiera dicho: “Es asunto pasado, ha dado explicaciones, ya si eso…” Unos parpadeos, uisss, uissss, cara de bobo y fin de la cita.
 
Con su golpe de audacia, frente a un Rajoy que no supo ni dimitir, ha dado un vuelco a los sondeos y el PSOE ha pasado de tercero a primero, sin haberse despeinado. Pablo Iglesias anda con un ataque de cuernos, rumiando el abandono y Rivera con su C´s pasa de primero a tercero, bajando y viendo como el agua se le escapa entre los dedos. ¿Y el PP? Creo que como partido, purgará su cobardía y sometimiento, su entreguismo y cierre de filas en torno a corrupciones y corruptos, con el aplauso ridículo que ha prestado en los años marianos a todas las irregularidades de las que se ha hecho cómplice.

Tenemos Gobierno y aunque apuntan bastos, con recortes y achiques que dejarán aún más exhausta nuestra economía y el estado de bienestar, también tenemos la posibilidad de soñar que habrá mañana, que la tormenta del lento ha pasado y volveremos a ser un país normal, gobernado por gente normal. Es tanto que parece poco.



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sábado, 9 de junio de 2018

OPORTUNIDADES PERDIDAS




                          La calma del encinar
                          OPORTUNIDADES PERDIDAS

                                     Tomás Martín Tamayo
                                        tomasmartintamayo@gmail.com
                                        Blog Cuentos del Día a Día

Recomiendan los expertos en seguridad cambiar el número de móvil cada cuatro años “para refrescar la agenda”, el PIN todos los años, seis meses para sustituir las contraseñas en las redes sociales -que no deben ser coincidentes-, tres para las claves de las tarjetas de crédito, dos para las de las cuentas corrientes, candados y accesos numéricos,  un mes para las claves de  ordenadores y tablets… O sea que lo que recomiendan es prácticamente un imposible porque cómo llevar en la memoria tantos números y saber a qué dispositivo pertenecen en cada momento. Y para redondear la medida aún la ponen más complicada, porque desaconsejan llevar las contraseñas registradas en ningún dispositivo o anotadas  en un papel guardado en la cartera. En caso de atraco, dicen, eso facilita la labor de los cacos y el chantaje posterior, por lo que puedan husmear en fotos, comunicaciones, conversaciones es casi una consecuencia lógica. Y como sabemos que nada se borra…

Al hilo de las precauciones que tomamos o debemos tomar, me he acordado de un recluso, alumno mío, experto en el robo de coches y aparatos de sonido, que nos dio una lección magistral  para evitar el robo de los antiguos radiocasetes: “Los más fáciles de robar son los extraíbles, porque  suponen tal engorro llevarlos encima que todos los sacan y los guardan debajo del asiento del conductor. Eso no falla casi nunca. Si en un coche falta el radiocasete solo hay que abrirlo y cogerlo, ahorrando  el tiempo que se pierde desanclando los fijos”. Después se volvió hacia mí: “¿Ud. tiene en su coche uno extraíble?” Le dije que sí y su sonrisa fue de triunfo total: “¿A que lo esconde debajo del asiento del conductor?” Llegó a la carcajada cuando le respondí afirmativamente. “Es Ud. un panoli, don Tomás, los mejores son los fijos o dejar colocados los extraíbles, porque si nos asomamos y vemos el hueco ya sabemos dónde está el aparato”.

Yo debo figurar en algún listado de panolis, -pringaos en el argot carcelario- porque también he recibido la oferta de una cuantiosa herencia de cien millones de dólares, que me hace cada tres o cuatro meses una anciana de Illinois, pobrecilla: “Sé que está próxima mi muerte y quiero dejar mi fortuna en manos de alguien que como vos haga buen uso de ella…” ¡Qué gran oportunidad, porque solo tengo que enviar tres mil euros para las tramitaciones, abogados y notarios…! La cosa está tan clara que incluso me pide el número de una tarjeta o cuenta bancaria para ingresarme el dinero… ¡Y yo con estos pelos!
 
 Pero lo mejor, por cercano, es que hace unos días recibí un SMS (¡El número de móvil hay que cambiarlo cada cuatro años!) en el que con motivo de la inauguración del Club Lat…, (intuyo lucecitas en la puerta) en un pueblo del norte de Cáceres, me ofrecen “Un fin de semana de alojamiento gratificante y cincuenta euros para consumir en nuestras instalaciones”. Llamé: “Mire, soy el agraciado a pasar un fin de semana en uno de sus “alojamientos gratificantes” y queremos ir, pero me dice mi esposa que si nos pueden poner camas supletorias para los niños y si disponen de tronas para el comedor…”  ¡Cachis! Resultó que no, que no podían y las explicaciones fueron tan inteligentes como esconder el radio-casete extraíble debajo del asiento. Lo mismo me animo y escribo a mi anciana benefactora de Illinois, que además me trata de “vos”.


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sábado, 2 de junio de 2018

NUMANTINISMO


                    
            La calma del encinar
            NUMANTINISMO

              
                                    Tomás Martín Tamayo
                                          tomasmartintamayo@gmail.com
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La RAE lo define con precisión: “Actitud caracterizada por la defensa extrema y tenaz de las propias posiciones o puntos de vista, a menudo en condiciones precarias y con pocas posibilidades de éxito”. Pero podemos acuñar “rajoylismo” como sinónimo de numantino porque, el hasta ayer presidente del Gobierno, es incapaz de salir de su epidermis. Hasta el célebre lisiado del El Roto, le colaría todos los balones en la red.

 Solo Rajoy sabe lo que bulle en su cabeza, sus designios, como los de Dios, son inescrutables y su lema, “yo, yo, yo, yo y después de mí, yo” con una cerrazón grotesca, esperpéntica y enfermiza, sirvió en bandeja la presidencia del Gobierno a Pedro Sánchez, sin plantearse salvar algo de ropa para tapar sus vergüenzas, sin querer proteger al PP del derribo programado y sin importarle un bledo los más de 10.000 colocados que dedicarán este fin de semana a recoger sus cosas, recomponer la figura, y achicharrar trituradoras.

Rajoy llevaba mucho tiempo subidito en un ego altanero, en la creencia de que en su atalaya nada podía importunarlo porque los adversarios eran incapaces de articular un frente común, como ya ocurrió con la investidura de Pedro Sánchez, torpedeada en su favor por Podemos. Pero resulta que hasta los gansos del Guadiana aprenden y tras la primera escaramuza ya no pican el cebo de la jaula. Su cerrazón numantina lo incapacitó para reaccionar con un mínimo de pragmatismo y si ayer se vio asistido por Podemos, ahora confiaba en el  PNV, después de pagarle 540 millones de euros por el peaje de los presupuestos.

Desnortado y fuera de la realidad, su final estaba escrito, pero podía haber achicado el daño para su partido. Rodeado de un cortejo de necios, incapaces de decirle que iba desnudo y que todo el mundo le veía la pilila, Rajoy seguía en su burbuja, desconectado, en la creencia de que una calle ciega, sorda y muda era incapaz de sorprenderlo en sus juegos, pero repitió tanto el truco que se descuidó y todos sabíamos en qué bocamanga guardaba el as. Rajoy, tan patriota él y tan “pepero”, ha preferido la tierra quemada, el yo o el caos, sin mover un músculo de su cara de granito.

Pedro Sánchez va a presidir un gobierno débil y sometido a los vaivenes de nacionalistas y demás “istas”, pero el de Rajoy era un Gobierno agotado, extenuado, incapaz de una respuesta que no fuera la pasividad, a su imagen y semejanza. No veo razones para la cohetería por la llegada de Pedro Sánchez y las pirañas que lo han llevado hasta la presidencia del Gobierno, pero tampoco creo que debamos llorar por la salida de un Rajoy incapaz de articular una respuesta que no sea el numantinismo cegato de los desconectados. Hace mucho que España andaba a la deriva y sin timón, como quedó demostrado con el ridículo que hicimos en el referéndum de autodeterminación en Cataluña.

¿Pedro Sánchez es “enemigo del Estado”, “un traidor a la Patria”, “el judas de España”, “el que quiere convertirnos en rehenes de Puigdemont y Otegui”, “el que ha pactado la voladura de España”? Parecen ripios de Valtónyc. Un poco de calma, le pidió la madre de Boabdil al inutilón de su hijo. En lo que ha de llegar, que ojalá no sea tan malo como se intuye, Rajoy también tiene su parte alícuota de responsabilidad. Por mandilón.

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sábado, 26 de mayo de 2018

OLVIDOS


                    
             La calma del encinar
             OLVIDOS

              
                                    Tomás Martín Tamayo
                                          tomasmartintamayo@gmail.com
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Esta noche se clausura la Feria del Libro de Badajoz, que inauguré yo mismo hace 37 años. Fue, creo, la primera en Extremadura. Cáceres, Trujillo, Plasencia, Almendralejo, Vva. de la Serena, Don Benito, Zafra, Mérida… ya son muchos los municipios que organizan el feliz encuentro entre autores y lectores, aunque en casi todas se echa en falta el protagonismo de los escritores extremeños, relegados a meros comparsas. Recuerdo que en aquella primera ocasión tuvimos que alquilar unas destartaladas casetas metálicas y que parte de los libreros se “amotinaron” contra mí porque, al carecer de presupuesto en la consejería de Cultura, no tuvimos más remedio que prorratear a la baja el importe entre ellos, aun contando con una generosa aportación de la Caja de Badajoz.

 Quince expositores, doce presentaciones y una conferencia diaria en el Paseo de San Francisco, al aire libre, sin más vallas que la voz del conferenciante. Pedro de Lorenzo dio el pistoletazo de salida y acabó su intervención con un niño sentado en sus rodillas. Después confesó que había sido la intervención más difícil de su vida. Visto el panorama, entre niños jugando, gente de paso o tomándose unas cañas en los kioscos, Pepe Hierro, que era el segundo conferenciante, dio gracias al cielo por la lluvia que cayó y que nos obligó a suspender su intervención. “Bendita lluvia”, dijo el poeta.



Nada que ver entre lo que hicimos y lo que hoy se hace, comenzando porque la organización ha pasado de la consejería de Cultura al ayuntamiento de Badajoz, que la dota de presupuesto y personal, dándole un carácter profesional, de ámbito nacional y trayendo a los autores más reclamados del momento, sin faltar a la cita la aureola del Premio Planeta, el mayor bluf literario de las letras españolas, porque casi se da previo encargo. El mismo Pedro de Lorenzo, el autor extremeño más solicitado del momento, fue finalista en 1974 con “Gran Café”, escrita para la ocasión.

El pregonero de esta edición en Badajoz ha sido Agustín Muñoz Sanz, que en la caseta de presentaciones y bajo una lluvia que dificultaba la audición, hizo un amplio recorrido por la literatura, el libro, los autores, citas y anécdotas. Compartió micrófono con el alcalde y la concejala de Cultura y, curioso, los tres coincidieron en Borges y en el olvido de los autores extremeños, que en esta ocasión, ay, no entraron ni como argamasa. ¿Extremadura no tuvo ni tiene poetas, ensayistas, dramaturgos, novelistas…? Un olvido que es casi norma en los actos culturales que se organizan. “Se me olvidaron dos pases importantes”, dijo Tomás Campuzano tras una faena memorable en La Maestranza.

 Entretenido y siempre didáctico, Agustín Muñoz Sanz respeta a la audiencia y no improvisa, no escatima tiempo ni esfuerzos. Un pregonero de lujo, que domina la escena, la voz y la palabra, pero lo mejor es leerlo. Yo recomiendo cualquiera de sus obras, la más cercana “Los galgos del papa”,  pero creo que alcanzó un punto difícil de superar en “Aunque los empeños sean soberanos”, con Guadalupe como lugar de encuentro.

Después de tantas citas, tal vez sería conveniente revisar los propósitos  para dotar a las ferias del libro que se celebran en Extremadura de un contenido más ambicioso, aun en detrimento del relumbrón. Ya están asentadas, son cita obligatoria y ahora es posible girar los focos hacia nuestros autores de ayer y de hoy, para evitar la misma penuria a los de mañana. Tomarnos en serio, vamos.


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sábado, 19 de mayo de 2018

DE CAGANER A CAGANER


             La calma del encinar
            DE CAGANER A CAGANER
              
                                    Tomás Martín Tamayo
                                          tomasmartintamayo@gmail.com
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Rajoy está en plena crisis de parpadeos incontrolados, uiss, uisss, uissss, que nadie le moleste. Acaba de conocer el ideario separatista de un tal Quim Torra, elegido directamente por Puigdemont para que le añoremos, porque “otro vendrá que bueno te hará”, y aún no ha digerido el sopapo. Asentado en la duda, hasta la extenuación, estos juegos imaginativos del fugitivo le producen apretones de urgencia y lo confunden. Como la noche al Dinio.

 ¿Mantener el 155 con un energúmeno, investido como “molt honorable”,  que dice que “los españoles son carroñeros, víboras, hienas con una tara en el ADN…? Creo que sería un error estratégico, de parvulario, porque el designado es la mejor arma contra el separatismo. A mí me ha hecho gracia y si de verdad cree lo que dice puedo llegar a la carcajada. Yo le pondría altavoces y reeditaría sus ocurrencias en todos los idiomas de la Unión Europea, porque ese sería nuestro mejor embajador y la manera más eficaz de señalar a los propios catalanes el barril de pólvora sobre el que están sentados. Queda claro que si Puigdemont quiere poco a España, aún quiere menos a Cataluña, pero para mí mientras más “Quintorra”, mejor. ¡Viva “Quintorra”!

Ellos confían en la ira colectiva contra estas sandeces y, amparados en la displicencia con que nos miran en la EU, no bajarán de la tontuna ni con aceite hirviendo. No agradecen que Rajoy aplicara un 155 con vaselina, les dejara la TV3 a su servicio, ratificara a la mayoría de los altos cargos, soltara a Montoro para que le hiciera una peineta al juez Llarena, nombrara mayor de los mossos a otro que tal  y no recurriera ante el Constitucional por el trágala del voto delegado de los fugados. No aceptan ninguno de sus gestos y encima, ahora, le ponen a un “Quintorra”, que suena a vino peleón y  que dice que él está allí para guardarle el asiento al otro... Vamos,  como si cuando entró la Pantoja en la cárcel, los conciertos los hubiera dado Paquirrín.

Visto lo visto, Puigdemont dirige el  PDdC,  JuntsXCat, ERC y la CUP juntando en un extraño cóctel el pujolismo derechoide, ratero y burgués, con  republicanos, antisistema, anticapitalistas, anarquistas, la extrema izquierda… Un espeté de cartílagos, leche, sal, vinagre, ricino y un pellizco generoso de lo del “caganer”. Y ahora, en la cocina,  un borrico secundario, especialista en algaradas y coces, ventosidades y eructos. De caganer a caganer, mucho mejor este “Quintorra” que el huido.

¿Y Cataluña? En los planes del nuevo “honorable” no está descender a minucias y los problemas de los catalanes que lo resuelvan los catalanes, que él con servir de alfombra ya tiene bastante. Lo suyo es el lío, la confrontación, el “guerracivilismo”, el alboroto callejero…y si lo tomamos en serio ya tienen más argumentos en Alemania, Bélgica, Suiza, Escocia…

¿Y Europa? Hasta ahora mucho bla, bla, pero los prófugos siguen cachondeándose de España con el visto bueno de nuestros amigos europeos, que comenzarán a entender lo que se cuece  en España cuando el elegido se desperece. Antes desde Bélgica y ahora desde Alemania, Puigdemont escribe la ruta que ha de seguir el Gobierno español y amenaza con convocar elecciones en otoño, haciéndolas coincidir  con el juicio  contra los imputados separatistas, porque la confrontación y el victimismo son sus mejores armas, pero con el “Quintorra” se le ha ido la mano.

¿Y España? El Atlético de Madrid logró su tercera liga europea y el Real Madrid va a por su 12+1 copa de Europa. ¡Pupa!
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sábado, 12 de mayo de 2018

SIN PERDÓN


                    
             La calma del encinar
             SIN PERDÓN
  
                                         Tomás Martín Tamayo
                                                       tomasmartintamayo@gmail.com
                                                      Blog Cuentos del Día a Día


Ser independiente es una opción personal, que se toma en un momento determinado, aunque creo que los mayores defensores de la independencia somos los que no siempre hemos gozado de ella. No voy a caer en el lamento del monje que abandona el convento y oye a sus espaldas el portazo, pero nunca es tarde, ni temprano, para optar por la independencia personal, apartándote de todo gremio, asociación, club, pastoreo, redil, confesión… Es innegable, de Perogrullo, que situarte en una isla te deja aislado y desasistido del calor de la manada y si careces de “vecinos” no tienes a quien pedir perejil, pero tampoco tienes que darlo, porque al ponerte al margen y no aceptar colores, himnos y sabores, eliges a la soledad como compañera de viaje. Y, a veces, la soledad es dura y paga peaje. Un peaje permanente, porque no hay perdón para el que se atreve a pensar sin ataduras.

 Opinar con libertad, sin temor a que alguien mire de reojo, conlleva el riesgo de no contentar a nadie, porque nadie asume como suya tu opinión, nadie va a ser solidario con ella y nadie va a defender una causa que casi siempre resulta incómoda. Se sabe que la procesión va por barrios y que el independiente nunca es de nadie. “Nunca te fíes de la Guardia Civil, ni del que piensa”, proclama “El Cabrero” en un fandango. Si optas por la libertad renuncias a los beneficios del gremio y eso te deja a la intemperie. Es la indefensión, el peligro del soldado suelto, expuesto siempre a recibir la metralla de los ejércitos enfrentados. No esperes que nadie te tire una manta en caso de nevada, porque en los apriscos no existe lo que está al otro lado de la valla.

“¿Pero existe la independencia?”, me preguntaron en un instituto de Badajoz el jueves pasado. Creo que existe como ideal, pero siempre es relativa y tiene límites insalvables. Tener un criterio propio, huyendo de la contaminación y del dirigismo vertical, no significa que uno se levante al margen de sus raíces o que podamos renunciar a convicciones que mamamos con la leche materna. Una amiga dice que “la primer leche nunca se digiere” y puede que tenga razón, que ese primer calostro se enquista en nuestro estómago de por vida.

Los que carecen de independencia para ser libres o de libertad para ser independientes, son los más radicales porque muchos de ellos, casi todos, están atados por un interés que no siempre tiene que ver con las ideologías. Es su cruz. ¿Qué posibilidades tiene de manifestarse en libertad alguien que vive exclusivamente por su pertenencia a un clan? Su pensamiento puede ser libre, pero no puede ejercerlo porque vive de su “entrega” y del compromiso adquirido a cambio de la pitanza.

Me impresionó un recluso, de los mandones dentro de la prisión, que el día que lo ponían en libertad, después de doce años, me hizo una confesión para reflexionar: “Tengo miedo a la calle porque no la conozco. ¿Qué voy a cenar y dónde dormiré esta noche?”. Como él, muchos de los situados no conocen la calle ni saben cómo comer o dormir fuera del recinto, ese cordón de seguridad que los protege a cambio de la mansedumbre y el silencio. En el rebaño no hay saldo mental y la mayor rebeldía es balar “beeee”. Y pastar.





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lunes, 7 de mayo de 2018






CRÍTICA LITERARIA DEL PROFESOR ANTONIO SALGUERO CARVAJAL

(Badajoz, Carisma, 2006)

Cuentos en verde aceituna es un libro de relatos eróticos delicioso, porque es tal la delicadeza, finura, respeto y elegancia desarrollada por el autor de principio a fin del libro que en ningún momento resulta morboso y su lectura queda una placentera satisfacción emocional por haber disfrutado de unos relatos sabiamente elaborados.

Esto sucede porque el autor aborda con tono decidido una temática con la que pocos escritores se atreven pues, aunque se trata de un género narrativo aparentemente banal si se enfoca de un modo chabacano, convertirlo en literatura que no sonroje y resulte una lección de buen gusto (como es el caso de Cuentos en verde aceituna) necesita de un maestro de la narración corta como Martín Tamayo.

Así, en el ambiente erótico creado, el autor entiende que la pasión sexual ocupa una parte fundamental de la naturaleza del ser humano y que como tal se debe tratar de un modo abierto, sin falsa moral ni mojigatería. De ahí que nos encontremos con relatos deliciosamente sensuales: “Ante su insistencia abrí la boca y dejé entrar su lengua y nos perdimos en una exploración mutua. Perdí mi vergüenza inicial y sin dejar de besarla, acaricié sus pechos. Deslicé mis manos por sus piernas…” (23). En esta línea narrativa se incluyen otros relatos que son puras fantasías sexuales como el titulado “El compromiso”, donde la mujer aparece desinhibida, sin morbo, natural y disfrutando de su sexualidad hasta el punto de ser ella la que guía al hombre por los vericuetos de la sensualidad (“Me besó con sabiduría por todo el cuerpo […] otra vez me entregué y dejé hacer a aquella mujer maravillosa, que parecía conocerme mejor que yo mismo.”, 45) o “La saeta”, un relato, pura sexualidad, magistralmente engarzado con el ambiente solemne de una Semana Santa.

También podemos hallar en Cuentos en verde aceituna relatos sorprendentes como “El secuestro” por la impresión que causa la confusión final de los sicarios (“–¡Mi hijo, mamarrachos, me habéis traído a mi hijo!”, 30) o el cinismo del protagonista de “Feliz aniversario”, un putero a quien su mujer se la juega invitándolo a un sitio especial el día de su aniversario de bodas: el burdel que frecuenta asiduamente (“–¡Perpetua, te lo puedo explicar, esto no es lo que parece!”, 36).

Además hay relatos sarcásticos como “El indito de doña Asunción”, un indígena que tuvo que huir lejos de su ama porque no podía atender sus constantes requerimientos amorosos (“Doña Asunción una mala noche se puso enfermita y tuvo que quedarse con ella… Y otra, y otra y otra. Y bueno estaba con los arrebatos de las noches, pero es que últimamente también se ponía enfermita por las tardes y había días en los que hasta por las mañanas… […] Y corrió tanto que quedó atrás a las mismas sandalias de palmera”, 72) o “Verano de ayer”, en el que los deseos platónicos de un niño que despierta a la sexualidad son bruscamente cercenados por la realidad (93). O “La llamada” donde un cornudo contacta con un amigo para trasmitirle su desasosiego porque su mujer no ha llegado a casa y luego resulta que su mujer se entiende con el amigo (107)…

Otros relatos muestran la variedad de registros estilísticos que domina Martín Tamayo, pues también se pueden localizar relatos deliciosamente líricos como “El mar y el acantilado”, una inteligente personificación de la relación sensual entre ambos (“El acantilado se estremecía ante el canto armonioso de la mirada cercana [de la mar], sin atreverse a descifrar si lo que allí se insinuaba era una promesa, una oferta o un sueño”, 77) o “Retrato”, una extraordinaria descripción llena de sensualidad de una mujer  (“Tiene el torso, atlético, dos olas que no acaban de romper, ni alcanzar la playa. Dos esbozos en busca de caricias, sedientos y necesitados”, 97). O “Fugaz”, cuyo contenido es la magnífica descripción de un orgasmo con una alta dosis de sensualidad y lirismo (“Luego una respiración profunda, de estertor. Un estremecimiento volcánico…Todo su cuerpo se colma de paz. […]. Hay armonía en todo su ser”, 107). En estos relatos, además, Martín Tamayo muestra una de sus grandes cualidades de narrador de cuentos: su capacidad de síntesis pues, en los últimos citados, reduce al máximo su expresión utilizando una técnica poética con la que sugiere más que dice, intentando que actúe la imaginación del lector.

Otros relatos son emocionantes como “La despedida” (“La carta escapó como una gaviota entre sus manos y se refugió, como el sobre, en la espuma blanca. Otro golpe de viento y el hombre cayó tras la carta, tras la sentencia escrita en el papel, como un muñeco roto”, 101).

Los hay también patéticos como “A buena hora”, en el que el protagonista, cuando consigue a una mujer que desea, tiene un gatillazo (“Y ahora, ahora precisamente, cuando se perdía al volver la esquina, el penoso asunto, la chincheta, el botón de sotana, el negrillo, inició su desperezo, como si acabara de despertarse de un sueño placentero. […] Me metí en la ducha y lo castigué durante diez minutos con agua fría. A Lucía no he vuelto a verla”, 115). O “Estrategia fallida”, donde el personaje principal concibe un plan para quedar bien ante una mujer que desea saliendo él reforzado, pero los compinches hacen lo contrario (“Los tipos no cumplieron su parte y pese a que yo les había pagado generosamente por prestarse al enredo, se emplearon a fondo conmigo. Me dieron una descomunal paliza […] A ella la violaron tres veces”, 125).

Y no podía faltar una muestra de la crueldad humana como se cuenta en el relato titulado “Paso de frontera” por la depravación moral que muestran unos soldados y su mando con personas indefensas (“–¿Las enterramos, sargento? ¡Todavía están calientes y de buen ver!”, 42).

En fin, estos relatos, además, llaman la atención (no olvidemos la profesión docente del autor) como los cuentos de El conde Lucanor, pues cumplen una función didáctica con un doble mensaje: Uno que reconoce a toda persona el derecho de experimentar y disfrutar del placer sexual, medio por el que más amor directo se recibe, pues nunca en otra circunstancia somos receptores de caricias, mimos y deseos como en la relación sexual y sus prolegómenos. Y otro que advierte que enfocar mal este tema puede dar lugar a situaciones embarazosas o lamentables para las víctimas.

asalgueroc
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    sábado, 5 de mayo de 2018

    LLEGAR TARDE



                       La calma del encinar 
                       LLEGAR TARDE

                                           Tomás Martín Tamayo
                                           tomasmartintamayo@gmail.com
                                           Blog Cuentos del Día a Día

    Rajoy es como Conchita, una comadrona famosa en Badajoz porque llegaba tarde a los partos. “Es porque no me gusta molestar”, decía a modo de justificación. Ella dejaba que la naturaleza resolviera sus problemas, convencida de que el parto que llegara torcido se enderezaría solo y si no se enderezaba pues “no estaría de Dios”, que la resignación cristiana tiene mucho recorrido. Eso sí, estaba siempre a la hora de lavar a la criatura y llevársela a su madre, peinada y perfumada, para que esta visualizara su presencia y diligencia.

    La pereza o pasividad de Rajoy es “un problema singular”, como podría decir el ministro de Justicia. Él cree que los problemas se resuelven solos, lo que tal vez sería bueno para un eremita dedicado a la oración y al sacrificio, pero fatal para quien luce en sus tarjetones la leyenda de “Presidente del Gobierno”, obligado a tomar decisiones, resolver problemas y anticiparse a los conflictos. Lo suyo es llegar  siempre tarde, mirar, ponerse de perfil y dejar, como Conchita, que la naturaleza o el óxido resuelvan.  Su incapacidad para tomar decisiones   no se corrige, pero se contagia hasta el punto de que tenemos un Gobierno dedicado al maquillaje de la criatura, pero incapaz de resolver ningún problema del parto.

    Rajoy mira y parpadea, poniendo cara del que se ha tragado el palo de una fregona, pero como es indolente y relativista, impone  en el Gobierno, y en el partido, la velocidad punta del oso perezoso, en medio de la competitividad supersónica. A él nada le afecta, no se ve concernido por ningún acontecimiento y, para no complicarse la vida, se encoge de hombros y justifica corrupciones e irregularidades que le obligarían a tomar decisiones, sacándolo de su sesteo permanente. Bendijo, besucón, el “mastericidio” de Cristina Cifuentes, como antes lo había hecho con todos los casos de corrupción que están lastrando al partido, contaminando incluso a los que nada tienen que ver con prácticas corruptas.
     
     A Rajoy todo le sorprende, le sobrepasa y le puede, pero sigue siendo el timonel del Partido Popular y, lo que es más grave, el guía de un Gobierno timorato, incapaz y desperdigado. El electorado, que pasará al Partido Popular una minuta muy alta, tiene que esperar hasta las elecciones, pero ¿cómo es posible que en el PP no tengan capacidad para atajar un mal como Rajoy, convertido en picudo de palmera, que lo llevará a la ruina con la misma certeza que Zapatero arruinó al PSOE? Está comprobado que en los grandes partidos, con sus prebendas y verticalismo cegato, hay más rebaño que militancia activa y efectiva. Hasta el papa Francisco tiene más contestación en la Iglesia que los líderes de los partidos en la militancia. Rajoy no está, PP chitón en boca, Gobierno ni mu.

    Y cuando se mueven, peor. Montoro ayudando a los separatistas... La ministra de Trabajo tiene tal capacidad de convocatoria que, con una carta, logró sacar del letargo a diez millones de pensionistas, que esperan para darle el oportuno acuse de recibo, pero la doña, que parece gemela de Millán de “Martes y trece”, sin gracia,  sigue de ministra. ¿Y el ministro de Justicia, con declaraciones desquiciadas, propias de alguien que tiene “un problema singular”?. Deberían estar cesados pero la decisión es de Rajoy y eso lo obligaría a tomar decisiones. ¡Imposible, qué pereza, mejor dejar que se cesen solos! O no.

    sábado, 28 de abril de 2018

    COSAS QUE PASAN



                                COSAS QUE PASAN

                                                   Tomás Martín Tamayo
                                                           tomasmartintamayo@gmail.com
                                                          Blog Cuentos del Día a Día

    En agosto de 1965, dos jóvenes de Villanueva de la Serena, que habían estado en la feria de Quintana, volvían de madrugada en una vieja y destartalada Vespa. A la altura de La Guarda la moto comenzó a fallar, con signos evidentes de haber entrado en reserva y, a tres kilómetros de La Haba, se quedaron sin gasolina. El panorama, a  las dos de la madrugada, era sombrío porque desde que salieron de Quintana no se habían cruzado con ningún vehículo. Sabían que no había gasolinera en la Haba, pero decidieron que uno esperara junto a la moto, mientras el otro se acercaba al pueblo por si alguien podía ayudarlos. Y así lo hicieron.

    Uno comenzó a caminar, con la mirada fija en las luces que veía a lo lejos y el que se quedó, puso la moto sobre el caballete y se sentó de espaldas a la carretera, apoyándose en la parte trasera. Mientras esperaba, se durmió. Lo despertó un gemido cercano. Era el llanto, apenas audible, de un niño pequeño. Se quedó quieto, sin saber si era sueño o realidad, pero al poco el llanto volvió y con miedo y desconcierto se puso en pie, intentando penetrar en la oscuridad de la que procedía el quejido. Al otro lado de la carretera,  distinguió un bulto grande, casi oculto en un alto y espeso sembrado de avena. El llanto del niño volvía con insistencia y, con precaución, salvó la distancia, hasta situarse a la altura de donde llegaba. Había un coche volcado.

    Permaneció mirándolo varios minutos, sin acercarse, pero el llanto  volvió más nítido y decidió salvar el declive de la cuneta y aproximarse con precaución. Superando cada metro con mucho miedo, llegó hasta el coche. El llanto llegaba desde el interior, los cristales estaban rotos y una de las puertas estaba entreabierta, clavada en el suelo. Como el niño lloró de nuevo, superó su miedo y se acercó decidido.

    En el interior había tres personas arremolinadas en el techo aplastado, en quietud total, y un canasto con algo que se movía. El llanto insistió. Con precaución forzó la puerta, alargó el brazo y tocó un cuerpo pequeño, que se estremeció con el contacto. Sacó el canasto con dificultad, por el escaso ángulo que permitía la puerta y vio a un niño muy pequeño, de días, que sangraba por una brecha abierta en la cabeza. Los tres adultos seguían inmóviles.

    Con el niño en brazos volvió a la carretera, casi al mismo tiempo que un coche paraba junto a la moto. Su amigo volvía con la Guardia Civil, que había encontrado a la entrada de La Haba. Ellos se hicieron cargo de todo lo demás. Los adultos, dos hombres y una mujer, que iba con el niño en el asiento trasero, habían fallecido tres o cuatro horas antes. El niño estaba herido, aterido de frío y posiblemente de soledad y miedo, pero nada grave. Al amanecer mucha gente, el juez, el forense, ambulancias, curiosos, más guardias civiles. Unos familiares de Mérida recogieron al niño…

    Nadie prestó atención a los dos jóvenes que se habían quedado sin gasolina. Otro motorista paró, les dio combustible para poder llegar hasta Villanueva, arrancaron su moto y se fueron.

     Durante años en aquel lugar hubo tres cruces, clavadas a cinco metros de la carretera, que con frecuencia lucían una corona pequeña, trenzada con flores frescas. Seguro que fue casualidad, la moto se quedó sin gasolina, allí y a aquella hora, por casualidad. Cosas que pasan.



    sábado, 21 de abril de 2018


                           La calma del encinar
                        RISITA DE HIENA

                                                        Tomás Martín Tamayo
                                                        tomasmartintamayo@gmail.com
                                                        Blog Cuentos del Día a Día

    Tendido sobre un camastro, la nariz taponada con algodones, un bloque de hielo sobre su cuerpo, para ralentizar la descomposición.  El 15 de abril 1978 murió Saloth Sar, un absoluto desconocido si no se dice que  detrás del nombre se ocultaba Pol Pot, “el gran uno” camboyano que, al mando de los Jemeres Rojos y en solo tres años, aniquiló al 25% de la población. Ahora, veinte años después, se están estudiando en profundidad las consecuencias de su revolución y el genocidio que supuso el  “mundo nuevo” que había ideado para los camboyanos.

     Pol Pot, “risita de hiena”, el líder de los Jemeres Rojos, de inspiración maoísta, implantó en Camboya un régimen de terror que superó incluso las atrocidades de Hitler y Stalin. La sed de aquellos revolucionarios, que pretendían hacer de Camboya una cooperativa agrícola, al margen de todo progreso y civilización, no se saciaba y cuando los fusiles ardían y les quemaban las manos, con el machete continuaban la labor de exterminio sistemático de pueblos enteros. Era más fácil matar que enterrar y los cuerpos se amontonaban en piras de hasta 5.000 personas, que ardían durante días.

    Prohibieron los relaciones familiares, la religión, cerraron escuelas y universidades, vaciaron ciudades, impusieron la “procreación obligatoria”, quemaron coches, motos e incluso bicicletas, porque el ideal era el campesinado del XVIII, con carros, mulas y arados de vertedera, tirados por hombres y animales.

     El artífice principal de aquel terror, de aquel horror que la humanidad no supo o no quiso ver ni evitar -durante un periodo protegido por EE.UU-, fue Pol Pot, un ser menudo, fibroso y de mirada esquiva que, ironías del destino, murió de malaria, plácidamente sedado en su cama, después de haber degustado una generosa ración de chivo asado, su plato favorito. Los Jemeres odiaban todo lo que fuera cultura o educación y ejecutaron a muchos presuntos intelectuales a los que identificaban por llevar gafas, tenían títulos universitarios, hablaban idiomas o disponían de libros en sus casas. Curiosamente, Pol Pot usaba gafas, estudió en Francia y era un apasionado lector de novelas negras y del cine de Hollywood.     

    “Risita de hiena”, fue un ser tan enigmático y huidizo, que incluso sus hermanos ignoraban  que Pol Pot fuera Saloh Sar. Dicen que su risa producía escalofríos, hacía temblar las piernas y soltaba los esfínteres. Su risita intermitente, seguida de guiños constantes, era en sí misma una sentencia de muerte. Reía pero sus ojos permanecían fijos, fríos e inexpresivos. Jamás miraba de frente, siempre de abajo- arriba, enseñando el colmillo izquierdo, como una hiena que disputa su pitanza. Por eso, con toda simpleza, sus propios soldados lo conocían como “risita de hiena”. Por donde Pol Pot pasaba, dejaba un reguero de muerte, horca o acuchillamiento, todo ello aderezado de sutiles torturas, con las que disfrutaba mientras cenaba: “Se come mejor con gritos de fondo que con música”.


    Aquella locura de los Jemeres Rojos apenas duró tres años, tiempo suficiente para dejarnos muestra de la destilada depravación que anida en el alma de algunos seres con apariencia de humanos. Pol Pot murió sin ser juzgado, pero su máxima: “si vives no se gana nada, si mueres no se pierde nada”, escrita con fuego, todavía se conserva en algunos trozos de madera.


    Lo incineraron en su colchón, sobre una base de neumáticos y arropado con muebles viejos, pero sin que se pudiera verificar su identidad, por lo que todavía, veinte años después, algunos siguen con pesadillas, oyendo la risita de la hiena.


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