La calma del encinar
PEQUEÑECES
Tomás Martín Tamayo
Aún no había amanecido, casi en la puerta de mi bloque, dos
trabajadoras del servicio de limpieza retiraban los restos de un perro
atropellado en la autopista. Sobre el asfalto, un reguero de sangre señalaba el
lugar del impacto. La cogida, posiblemente múltiple, le dejó un hálito de vida
para arrastrarse, hasta quedar incrustado entre dos contenedores de basura. Las
limpiadoras se afanaban en extraerlo con los escobones, las ayudé a separar uno
de los contenedores y el amasijo de carne, huesos y piel ensangrentada, cayó al
suelo, flácido, como los relojes blandos de Dalí. En los ojos del animal, dolor
y niebla de la muerte. La sangre había fundido la piel blanca con las manchas
canela.
Lo reconocí, sentí pena y algo de remordimientos por aquel
pobre perro que se nos hizo vecino por voluntad propia. En realidad, lo era de
todo el barrio, porque la última vez que lo vi estaba en las inmediaciones de
la estación de autobuses. Me acerqué a él y, sumiso, bajó la cabeza. Creo que
tenía fiebre, las orejas muy calientes y, agradecido, cerraba los ojos al
percibir mi contacto. Intentó levantarse, pero la pata que arrastraba se lo
impidió. Días antes, como una premonición, había escrito:
Blanco y canela,
como una esperanza manchada,
alumbraba apagado
el brillo de su mirada.
Estaba muy sucio, olía mal y desde allí mismo, volví a
llamar al servicio de recogida del Ayuntamiento. En dos ocasiones fueron, pero
no lo encontraron: “La próxima vez átelo a un banco para que no pueda huir”. No
lo hice porque sabía, posiblemente como el perro, que su suerte tenía pocas
salidas, pese a que él se esforzaba, respondía a los estímulos y pidiendo
auxilio, seguía al que lo acariciaba.
Me siguió por la calle,
me dejó en el portal,
me esperaba sentado
en la puerta del bar.
Era viejo, de raza indefinida, cojo, con la pata trasera
izquierda colgada como un péndulo. Si te acercabas movía la cola y temblaba. Sé
que otros vecinos también habían llamado para que lo recogieran y que alguien,
en un seto cercano, le dejaba algo de comida y agua, que compartía
amigablemente con unos gatos… Su
sufrimiento delataba al desalmado que lo abandonó con la pata quebrada… Esta
mañana, depositado en la acera, parecía más pequeño. Destrozado, un amasijo de
carme amontonada, mal envuelta en una piel ensangrentada, canela y blanca.
Desde que disfrutamos de Perica y Juanita, nuestros
dos chihuahuas, tenemos asumida la existencia de los ángeles. Aquellas pequeñeces
nos enseñaron lo que es la fidelidad perruna, la prudencia sin límites, la comprensión
extrema y el saberse retirar para darnos una razón que no siempre teníamos. Si
nos percibían enfadados, no importaba el motivo, ellas se sentían culpables. Al
final, cuando la vida se les escapaba, tenían en sus ojos el mismo brillo
apagado.
Sentí que
temblaba,
que sus ojos brillaban.
Su pata colgaba
cuando se quiso levantar.
Perica y
Juanita nos dejaron un dolor que, muchos años después, sigue ahí, anclado como
un barquichuelo entre dos rocas. Desde entonces, dijimos “nunca más”, rechazando
el ofrecimiento de amigos que querían aliviarnos porque “un ángel nuevo os
ayudará”. Nunca más.
La tarde
anterior, sentado en la acera, al verme llegar intentó levantarse, pero la pata
le falló:
Cayó, gimiendo bajito,
como pidiendo
perdón,
Lo miré y me miró,
me siguió desde lejos.
¿Pude hacer algo más por el pobre perro? Necesitaba un
calor que yo no podía darle.
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