sábado, 16 de noviembre de 2024

PUBLICADO EN HOY 16/11/2024


La calma del encinar

PEQUEÑECES

 

                         Tomás Martín Tamayo

 

Aún no había amanecido, casi en la puerta de mi bloque, dos trabajadoras del servicio de limpieza retiraban los restos de un perro atropellado en la autopista. Sobre el asfalto, un reguero de sangre señalaba el lugar del impacto. La cogida, posiblemente múltiple, le dejó un hálito de vida para arrastrarse, hasta quedar incrustado entre dos contenedores de basura. Las limpiadoras se afanaban en extraerlo con los escobones, las ayudé a separar uno de los contenedores y el amasijo de carne, huesos y piel ensangrentada, cayó al suelo, flácido, como los relojes blandos de Dalí. En los ojos del animal, dolor y niebla de la muerte. La sangre había fundido la piel blanca con las manchas canela.

 

Lo reconocí, sentí pena y algo de remordimientos por aquel pobre perro que se nos hizo vecino por voluntad propia. En realidad, lo era de todo el barrio, porque la última vez que lo vi estaba en las inmediaciones de la estación de autobuses. Me acerqué a él y, sumiso, bajó la cabeza. Creo que tenía fiebre, las orejas muy calientes y, agradecido, cerraba los ojos al percibir mi contacto. Intentó levantarse, pero la pata que arrastraba se lo impidió. Días antes, como una premonición, había escrito:

 

Blanco y canela,

como una esperanza manchada,

alumbraba apagado

el brillo de su mirada.

 

Estaba muy sucio, olía mal y desde allí mismo, volví a llamar al servicio de recogida del Ayuntamiento. En dos ocasiones fueron, pero no lo encontraron: “La próxima vez átelo a un banco para que no pueda huir”. No lo hice porque sabía, posiblemente como el perro, que su suerte tenía pocas salidas, pese a que él se esforzaba, respondía a los estímulos y pidiendo auxilio, seguía al que lo acariciaba.

 

Me siguió por la calle,

me dejó en el portal,

me esperaba sentado

 en la puerta del bar.

 

Era viejo, de raza indefinida, cojo, con la pata trasera izquierda colgada como un péndulo. Si te acercabas movía la cola y temblaba. Sé que otros vecinos también habían llamado para que lo recogieran y que alguien, en un seto cercano, le dejaba algo de comida y agua, que compartía amigablemente con unos gatos…  Su sufrimiento delataba al desalmado que lo abandonó con la pata quebrada… Esta mañana, depositado en la acera, parecía más pequeño. Destrozado, un amasijo de carme amontonada, mal envuelta en una piel ensangrentada, canela y blanca.

 

Desde que disfrutamos de Perica y Juanita, nuestros dos chihuahuas, tenemos asumida la existencia de los ángeles. Aquellas pequeñeces nos enseñaron lo que es la fidelidad perruna, la prudencia sin límites, la comprensión extrema y el saberse retirar para darnos una razón que no siempre teníamos. Si nos percibían enfadados, no importaba el motivo, ellas se sentían culpables. Al final, cuando la vida se les escapaba, tenían en sus ojos el mismo brillo apagado.

 

 Sentí que temblaba,

que sus ojos brillaban.

Su pata colgaba

cuando se quiso levantar.

 

 Perica y Juanita nos dejaron un dolor que, muchos años después, sigue ahí, anclado como un barquichuelo entre dos rocas. Desde entonces, dijimos “nunca más”, rechazando el ofrecimiento de amigos que querían aliviarnos porque “un ángel nuevo os ayudará”. Nunca más.

 

 La tarde anterior, sentado en la acera, al verme llegar intentó levantarse, pero la pata le falló:

 

Cayó, gimiendo bajito,

 como pidiendo perdón,

Lo miré y me miró,

me siguió desde lejos.

 

¿Pude hacer algo más por el pobre perro? Necesitaba un calor que yo no podía darle.

 

 

 

 


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