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La
calma del encinar
DIPLOMA PARA LA
ETERNIDAD
Tomás Martín Tamayo
Blog Cuentos del Día a Día

Las cámaras con su zoom macabro, se adentraron en los profundos vericuetos del rostro de la anciana que, sumergida en un sueño profundo, no se enteró de nada. Posiblemente tampoco oyera a la orquesta que se afanaba a los pies de su cama. Allí estaban los restos imprecisos de algo que, hombre o mujer, se parecía lejanamente a un rostro humano, porque incluso en algunas momias hay más apariencia de vida. Posiblemente el alcalde y su comitiva se fueron preguntándose si Kamato estaba realmente viva, aunque sus familiares aseguraron que una vez a la semana ingería un puré de soja, que cada seis o siete meses separaba sus párpados y dejaba durante unos segundos ver sus ojos fríos y sin luz. La anciana hacía mucho que se había despedido de la vida, aunque la vida, tozuda, no se hubiera despedido de ella. El ceremonial del alcalde, la orquesta, los títulos y pases preferentes imagino que es algo que a ella ni fu ni fa, porque ninguna cola espera a quien lleva tiempo siendo la primera de la fila. Pamplinas, cosas de vivos que nada tenían que ver con su vida. Su minuto de gloria puede que llegara con cien años de retraso.

Yo no creo en la vida a empujones, respirar no es sinónimo de vida, aunque sea sinónimo de estar oficialmente vivo. Son cosas diferentes. He visto gente que moría en plena vida y otra que vivía estando muerta porque vida y muerte, aunque parezcan términos antagónicos, no son precisamente enemigos irreconciliables. Las dos se daban cita en Kamato, que estaba muerta y viva en perfecta armonía. La mayor evidencia del entendimiento entre la vida y la muerte es que siempre acaban cediéndose el paso. La medicina, aliada con la química, ha logrado alargar la vida medio centímetro, logrando que con un puré de soja, podamos incluso parpadear después de muertos, pero quiero creer que vivir es algo más que respirar o levantar el párpado. Kamato Hongo llevaba mucho tiempo mirando hacia adentro y por mucho ruido que hicieron a su alrededor, no lograron volver a conectarla a algo de lo que ella se había desconectado.
La vida y la muerte se habían abrazado en ella y llevaban años en apacible convivencia. ¿Un diploma acreditativo de su afortunada longevidad? Poca cosa para los que, como ella, tienen grapada al alma el pase hacia la eternidad.
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