sábado, 21 de noviembre de 2020

La calma del encinare

 

 La calma del encinar                        

 ¿DE QUÉ ME SUENA? (I)

 

                                                    Tomás Martín Tamayo

 

 

 Al emperador Vario Avito Basiano,  Heliogábalo, lo degollaron a los 18 años por sus desvaríos. También por gilipollas. Después de descuartizarlo lo arrojaron al Tíber y el Senado decretó una “damnatio memoriae”, traducción libre latina de “olvidemos a este gilipollas”, para que  su nombre desapareciera de  los documentos públicos. Es lo que había hecho el propio Heliogábalo con Macrino, su predecesor, destrozando a martillazos sus estatuas para “sacar su nombre de la historia”… ¡Qué imagen, un gilipollas machacando las estatuas de otro gilipollas, con el aplauso de un pueblo agilipollado! Me suena.

 

 En estos dos capítulos conoceremos algo sobre Heliogábalo, porque me recuerda que, en lo  de derribar estatuas y machacar la historia para ajustarla a conveniencia, el muchachito fue un avanzado. También fue madrugador para usar los bienes públicos, buscar atajos legales, aliarse con lo peor y entrar a saco en las arcas de un Imperio del que se sentía propietario.

 

Aparquemos al virus y juguemos, que falta nos hace. La peripecia de este mequetrefe puede servirnos para entender algunos acontecimientos que parecen novedosos. En la historia, como “sucesión sucesiva de sucesos”, muchos personajes se solapan. Y muchas gilipolleces también. A mí “la cara” de Heliogábalo me suena. Que cada cual saque sus conclusiones y establezca paralelismos, si los encuentra, porque, todavía, el duendecillo de “la verdad” no controla nuestros esfínteres y, de momento, no está prohibido escribir sobre un tarambana que llegó a emperador, como él a híper-mega secretario de Estado. Aprovechemos antes de que comiencen a distribuir los bozales que sustituirán a las mascarillas. Vamos al turrón.

 

Cuando fue aclamado como emperador, con catorce años, Heliogábalo, alto y de complexión atlética, ya era un hombretón fornido, de aspecto agradable,  tímido, desconocido y sin formación alguna para el cargo. Nada sabía de las milicias, tampoco de la administración y solo tenía atisbos lejanos de la política, porque su padre había sido senador. Estos atributos, sobre todo los de ser desconocido y sin experiencia en ninguna disciplina, fueron los méritos  que movieron a la soldadesca a aclamarlo, después de haber degollado al emperador Caracalla y ante el temor que le sucediera Macrino. Por gilipollas se cargaron a Caracalla, por gilipollas no quisieron a Macrino y cayeron  en manos de Heliogábalo, el gilipollas mayor. El tipo se confundía incluso pisando uvas pero, ¡que rebonito era el jodío! Y qué mentiroso.

 

 La aristocracia romana protestó en voz bajita, casi con lenguaje de signos pero, ante Heliogábalo, se hicieron caquita, se comieron la lengua y se postraron suplicándole que los usara como felpudo… ¡Qué escena para Manuel Martínez Mediero: Un remolque de gallinas gilipollas cacareando ante un pollito gilipollín! ¿De qué me suena?

 

Heliogábalo no tardó en rellenar el espacio del desconocimiento sobre su persona y, como era un desalmado, ignorante, altivo, torpe, oportunista, ególatra y ambicioso, aprovechó la confusión para imponer sus caprichos, despreciando a los gilipollas oficiales y rodeándose de la chusma tabernaria de Roma, no menos gilipollas.

 

 Rompió las normas establecidas desde Augusto, ignoró los tratados, demostró que la cohesión del Imperio se la refanfinflaba, intercambió regalos con los enemigos de Roma, burló leyes, usó el tesoro público, situó a sus familiares y amigos y se saltó las costumbres sociales, políticas y religiosas. ¡Digamos, por resumir, que a una sociedad agilipollada le creció un gilipollas en el culo!… ¿De qué me suena?

 

El próximo sábado más sobre este Heliogábalo que parece reencarnado en nuestros días.

No hay comentarios: