sábado, 16 de septiembre de 2017

EL TÚNEL DE MIRAVETE

                          La calma del encinar
                          EL TÚNEL DE MIRAVETE

                                                Tomás Martín Tamayo
                                                tomasmartintamayo@gmail.com
                                                Blog Cuentos del Día a Día

Hace años escribí que el túnel de Miravete es la frontera entre lo excelso y la mediocridad, porque todo depende de en qué lado del túnel se esté. Si en la parte interior se escribe una novela, pongamos “Aunque sean soberanos los empeños” de Agustín Muñoz Sanz,  “Sin raíces” de Víctor Chamorro o “La agonía del búho chico” de  Justo Vila, como lo han hecho en este coto provinciano que es Extremadura,  apenas trasciende, el eco es mínimo, se ignora incluso entre sus vecinos y en la mayoría de nuestros medios de comunicación. Y a Dios pongo por testigo de que sé de lo que hablo y que no lo hago por mí, que también podría.

Han pasado años, pero la situación sigue siendo la misma y aunque la referencia hizo fortuna en su día, porque son muchos los que acuden a ella y señalan al túnel como frontera, tampoco faltaron papanatas que se sintieron aludidos  porque ellos estaban en  la pomada de manigeros y no podían aceptar que lo que hacían aquí tuviera menos repercusión que lo de la otra parte del túnel.

¿Estoy diciendo que para triunfar en cualquier disciplina es necesario salir de Extremadura? Mejor sí, así lo creo. Desde aquí dentro, salvo la honrosa excepción del dramaturgo Manuel Martínez Mediero, que logró catapultar su obra sin salir de Extremadura, es prácticamente imposible trascender porque incluso nosotros mismos reservamos las alabanzas hacia todo lo que llega de  fuera. Ya se sabe, del túnel para allá, hasta Mozart suena mejor.  Hoy, como excepción puntual, me permito señalar a Jesús Sánchez Adalid, aunque mejor le iría si hubiera dejado el túnel atrás.

Muchos de los  prohombres del panorama literario actual lo son porque están al otro lado. Landero, Cercas  o Carrasco (“Intemperie”, qué maravilla), son lo que son por méritos propios, pero también porque respiran otros aires. Que nadie crea que resto méritos a sus obras, sé que fuera no atan los perros con longanizas y que si no hay un sustento de calidad no se llega pero ¿es suficiente la calidad para triunfar desde Extremadura? ¿Con esas mismas obras hubieran llegado desde aquí? He ahí un dilema doble que yo creo resuelto: No y no.

Desde aquí, por referirme solo a los poetas, incluso los mejores, como Jesús Delgado Valhondo, Lencero, Pacheco, Álvarez Buiza, Ada Salas Plácido Ramírez, Sánchez Pascual, Pérez Walias, Santiago Corchete, Féliz Morillón, José Iglesias Benítez, Daniel Casado…  pasan de puntillas y a  nadie se le ocurriría proponerlos para un reconocimiento tipo “Premio Cervantes”. Y creo que solo Valhondo y Pacheco tienen la Medalla de Extremadura, un galardón que desde que se abrió a propuestas dispares  y de coleguitas, cada día se devalúa más. A este paso el mérito va a consistir en no tenerla.

  Nosotros aplaudimos lo que se aplaude fuera y despreciamos  la obra silenciosa que se hace en esta parte del túnel. Si son vecinos o gente que se toma la caña a nuestro lado… ¡Poquita cosa! Somos muy papanatas y nos dejamos deslumbrar por la cohetería que nos llega. ¡Pero si un alfeñique que vino de la nada, llegó a gobernarnos con Monago! Así nos va.

Algún día, si estoy de humor y viene al pelo, escribiré también de los columnistas extremeños, que esa es otra. Como dice Bart Simpson: “No prometo prometerte que te lo prometeré ahora, pero prometo prometerte que te lo prometeré algún día”. Ese día no ha llegado.




Lll

sábado, 9 de septiembre de 2017

CULTURA Y LENOCINIO

                         La calma del encinar
                         CULTURA Y LENOCINIO

                                                        Tomás Martín Tamayo
                                                        tomasmartintamayo@gmail.com
                                                        Blog Cuentos del Día a Día

No creo que nadie preocupado, relacionado o involucrado en la Cultura pueda sentirse satisfecho con nuestra penosa situación actual, porque en ella estancarse es retroceder y, desde luego, este puede ser uno de los momentos culturalmente más sombríos de la etapa democrática. Como si la Cultura fuese una de esas asignaturas consideradas “marías”, la asumió el propio presidente de la Junta que, si con los líos de partido en los que lleva  casi toda la legislatura, apenas tiene tiempo para serenarse, al becerrillo de la Cultura no le da ni un capotazo. Es que ni para disimular. Si el gobierno de la Junta está casi ausente, el consejero de Cultura es que no está de ninguna forma. Ni se le espera. Vara debería quererse menos y cesarse de inmediato.

 No digo que el presidente sea un hombre inculto, pero desde luego en su mundo no está la Cultura ni la Cultura está en su mundo.  ¿Que por qué? No lo sé. Guillermo Fernández Vara es un hombre de alta complejidad, al que hace mucho dejé de traducir porque el bucle de sus piruetas mentales es excesivo para mí simplicidad. Y me mareo. No entendí, no entiendo ni entenderé jamás la doble personalidad y ser diferente dependiendo de si se está en la oposición o en el poder. Sencillamente, con Vara me quedo en el vacío, en la nada metafísica, en la superficie de una profundidad que se me escapa porque, como la línea del horizonte, se aleja si me acerco. Amén.
 
Pero aunque ponga punto y aparte, es un amén de punto y seguido porque se detectan sarpullidos, añoranzas en los  antaño visitadores de mancebías culturales, aquellos que se creían propietarios de la cosa  porque durante un tiempo la administraron con la misma prepotencia que una madama de lenocinio.  Para ellos no hubo ni hay antes y después, porque  toda la gloria quedó en el paréntesis de su paso efímero por una cultureta bien amañada entre amigos, siempre prestos a mojar en el generoso puchero de sus mecenas particulares. Mecenas que disparaban generosamente con nuestra pólvora, claro. Algunos demostraron cierta vergüenza y después de los días al sol pasaron a la sombra sin ruido, pero los cebollinos presuntuosos, los junta letras engominados e incapaces de levantar la vista de su ombligo,  siguen de guardia y andan quejosos porque se ponen la mano detrás de las orejas y solo oyen el ruido de sus tripas. Pero como todo no puede ser malo en todo, la crisis sopló los jaramagos de tanta pobreza intelectual, de tanta pitanza pringosa y hemos de reconocer -¡vaya mérito!- que entre la penuria de hoy y la de los chupópteros ripiosos de ayer algo hemos ganado porque, además de perderlos de vista, hemos dejado de alimentarlos. A ellos y a sus tristes egos. ¡Que sigan rezando al que los puso y maldiciendo al que los quitó, pero que no vuelvan a poner su zarpa en la Cultura! Les va mejor llorar y manifestar su resentimiento.

En la Cultura siempre hay espacios vacíos y medio llenos, porque el presupuesto nunca es generoso y dinamizarla cuesta mucho dinero. Un dinero que no tenemos porque hay sectores más urgentes y prioritarios. Es difícil torear un morlaco tan diverso y resabiado, pero mejor es no perder la esperanza y creer que después de este tiempo, ciertamente sombrío, lo que llegue será mejor. A peor es difícil.
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sábado, 2 de septiembre de 2017

GESTOS

                           La calma del encinar
                           GESTOS

                                                        Tomás Martín Tamayo
                                                         tomasmartintamayo@gmail.com
                                                         Blog Cuentos del Día a Día

Necesito abrazar a un musulmán”, afirmó Javier Martínez, el padre del niño de 3 años asesinado en La Rambla por el pirado de la furgoneta zigzagueante. Y para dar satisfacción a la necesidad, salió a la puerta de una mezquita y llevando del hombro al imán de Rubí, lo abrazó ante todos los medios. El imán lloraba tapándose la cara y el padre del niño lo consoló”. ¿Conmovedor? Para mí fue un gesto histriónico e innecesario por su exhibición pública. ¿Necesitaba abrazar a un musulmán y, además, necesitaba hacerlo de forma tan  ostensiblemente pública? ¿Un abrazo para que se viera? ¿No servía un abrazo sentido en la intimidad? Entiendo que el dolor puede entorpecer el juicio y empujar hacia estos gestos que lo único que delatan es cierto desajuste emocional. Su buenismo llegó hasta sentirse “solidario con el dolor de los familiares de los terroristas”, recordando agradecido las llamadas de varios alcaldes y de la Casa Real, porque “somos muy, muy, muy, muy personas” (¿?). Después quiso conocer a la forense que había atendido a su hijo: “Que sepas que acabas de hacerle la autopsia a un ángel”. Gestos. Gestos que no censuro, pero que tampoco entiendo, aunque imagino que ese señor estaba roto de dolor. Nuestra educación es expansiva en la gestualidad y quién sabe lo que hay detrás de cada gesto. No somos ingleses.

 Tiberio decretó el destierro de dos senadores porque habían osado interpretar sus gestos: “Solo yo puedo interpretarlos”. Uno de ellos había ido a pedirle clemencia para un hermano que, como recaudador, había “distraído” parte de los impuestos. El senador se comprometió a devolverle al emperador el triple de lo robado por su hermano y Tiberio, benévolo y paternal,  asintió con la cabeza y lo llevó del brazo hasta la puerta. El senador interpretó el gesto como un perdón y fue hasta la casa de su hermano para darle la buena nueva, pero al llegar vio su cabeza clavada en el dintel de la puerta. “Tu hermano era un ladrón y tú un temerario por atreverte a interpretarme, porque el mismo gesto puede indicar una cosa o la contraria, según me parezca”. El atrevimiento le costó el destierro.

¿Cómo interpretamos el gesto del rey, asistiendo a la primera manifestación en la que participa la Corona? ¿Por qué ahora y por qué en Cataluña? Ha habido actos terroristas con casi doscientas víctimas y, aunque nunca faltó la solidaridad de la Casa Real, a la hora de las manifestaciones siempre permaneció al margen. Al respecto, dos preguntas: ¿Hubiera asistido si la manifestación es en Cáceres o Toledo? Una vez inaugurado el ciclo, ¿asistirá el rey a las manifestaciones futuras? Eso apretará mucho su agenda y su tiempo para los imprevistos.

¿Y el gesto de Rajoy, supuestamente serio, cuando afirma con rotundidad que no habrá referéndum en Cataluña? ¿Indica que no habrá referéndum o con su negativa está afirmando que puede haberlo porque, en no pocas ocasiones, sus negativas son afirmaciones y sus afirmaciones, negativas? Como Tiberio, solo él puede saberlo.

Otro gesto difícil de entender es el de los aprovechados que, al socaire de una manifestación contra el terrorismo, sacan sus bravatas separatistas, porque les importan menos las víctimas que sus delirios.

Tiberio llevaba razón, los gestos no son interpretables y en el circo,  el mismo movimiento de cabeza puede indicar muerte o perdón. “Eso es según”, decía Machaquito cuando se le ponía en una encrucijada.
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