domingo, 16 de abril de 2017

EL DEDO EN EL GATILLO

                                             







 La calma del encinar
                                               EL DEDO EN EL GATILLO

                                                Tomás Martín Tamayo
                                                tomasmartintamayo@gmail.com
                                                Blog Cuentos del Día  a Día


“Mire, don Tomás, yo le estoy agradecido porque me ha ayudado mucho durante estos años,  pero pertenezco a ETA y si usted fuera un objetivo, le aseguro que no me temblaría el pulso…”

Eso se lo oí a un alumno al que había ayudado y que, al mismo tiempo que me manifestaba su agradecimiento, aclaraba sus disposición a pegarme un tiro si la banda se lo ordenaba. Nada excepcional, por esto teníamos que pasar. La historia de los últimos 40 años en España está plagada de intrahistorias que difícilmente se cuenten, porque son miles de personas, de decenas de colectivos, las que podrían rememorar vivencias similares. Recuerdo a un funcionario al que un recluso de ETA le preguntó amablemente que si se había divertido en la boda de su hermana, celebrada la tarde anterior. ¿Y cómo interpretar la felicitación navideña que la mujer de uno de ellos envió a un jurista de II.PP, a su domicilio particular?  Los familiares de un etarra le dijeron a un funcionario encargado de las comunicaciones: “La próxima vez que vengamos, con un poco de suerte, no lo veremos”…

 Como maestro de II.PP, mi experiencia con los presos de ETA no fue negativa porque eran alumnos que generalmente se esforzaban, no faltaban a clase, no perdían la compostura, tenían una constancia que no era frecuente entre los reclusos y siempre me trataron con respeto y deferencia. No eran muy dados a mantener conversaciones fuera de las estrictamente necesarias y tampoco a demostrar afectos o desafectos, pero un alumno que llevaba conmigo varios años y que tenía muy bien encarrilada su carrera de Derecho, tuvo la “debilidad” de ir a despedirse de mí porque lo trasladaban a la prisión de Martutene . Yo le aconsejé que concluyera sus estudios y se dedicara al ejercicio de la abogacía, que dejara atrás el pasado… Él me miró pensativo, como si estuviera eligiendo las palabras y me dijo lo que señalo al principio… Dos años después de salir de la prisión le explotó una bomba que estaba manipulando. Había conseguido concluir la carrera de Derecho.

España entera estaba en el punto de mira de ETA y daban sus golpes para causar el mayor número de víctimas y el mayor perjuicio económico posible, atentando contra objetivos turísticos en épocas concretas. Del chantaje y la extorsión hicieron su bandera, obligando a cerrar industrias punteras del País Vasco y golpeando a los propios vascos, sin importarles su condición, edad o sexo. ¡Qué sarcasmo lo de aquella madre vasca que en el entierro de su hijo y rota de dolor, gritaba!: “¿Por qué a mi hijo, si él es vasco?”. Tampoco se estremecían por las víctimas colaterales, con decenas de niños mutilados o muertos.

 II.PP COMO OBJETIVO
No hubo un sector que se librara de la mordedura de la serpiente y supieron “colectivizar” la ruina y el dolor, en medio de la estupefacción que causaba su osadía, atentando contra el presidente del Gobierno, la cúpula militar, las fuerzas del orden, políticos, jueces, banqueros, fiscales, periodistas, médicos, funcionarios de prisiones… El miedo también se colectivizó y, como una mancha de aceite, se expandió por toda España, cubriendo el suelo de sangre porque ninguna provincia se libró del zarpazo.

En 1989 los colectivos penitenciarios se convirtieron en objetivo prioritario de ETA. Lo anunciaron solemnemente en un comunicado que, como todo lo que de la banda procedía, ocupaba portadas y titulares. ETA se hacía presente cuando quería y como quería, simplemente enviando una nota a un medio cercano. A partir de ese año fueron asesinados seis funcionarios de prisiones, además de un médico de la prisión del Puerto de Santa María. El secuestro de Ortega Lara todavía produce escalofríos por su refinada crueldad.

Los que trabajábamos en II.PP recibíamos alertas constantes, sugiriéndonos rutas alternativas para llegar a nuestro trabajo, cambiando las matrículas de los vehículos, extremando las precauciones,  mirando debajo de los coches antes de subir a ellos, cediendo la titularidad a algún familiar, ocultando el domicilio, no haciendo públicos nuestros desplazamientos, ni frecuentar los mismos sitios, a las mismas horas… La costumbre hizo que asumiéramos el riesgo con naturalidad, como si formara parte de nuestras obligaciones laborales. Es fácil imaginar cómo vivirían los guardias civiles, policías, militares…

PARÍS BIEN VALE UNA MISA
El primer rey Borbón, Enrique IV, de confesión protestante, para acceder al trono de Francia decidió profesar la fe católica, justificándolo  con una frase que ha pasado a la historia: “París bien vale una misa”. En política se entiende semejante bamboleo como  una muestra de acertado pragmatismo pero, sin tanta sofisticación, se está más cerca del fraile que llevaba una puta al hombro, con la justificación de que “todo es aprovechable en el convento”. Ahora ha tocado ser pragmáticos para sacar rentabilidad  a la supuesta rendición de ETA y unos y otros, incluso los mismos etarras, enarbolan el éxito del “desarme” como una victoria. Desarme no ha sido y rendición tampoco, aunque con eufemismos todo se disfraza. La rendición puede incluso ser un acto romántico, heroico y hasta patriótico, como el que refleja Velázquez en “La rendición de Breda” o cuadro de las lanzas, pero los delincuentes no se rinden, a ellos se les persigue, se les detiene, se les juzga y se les encarcela.

ETA fue y sigue siendo una organización terrorista, utilizada por muchos para alcanzar objetivos que estaban fuera de sus propósitos iniciales. Se prestó a poner el dedo en el gatillo y ejercer de “tonto útil” en estrategias que se ocultaban tras las cortinas de la legalidad. A fin de cuentas, una marioneta, como han reconocido muchos de ellos. Parece que unos y otros se tenían bien repartidos los papeles porque sin la ayuda externa la vida de ETA hubiera sido más corta y menos sanguinaria.

NOGALES Y NUECES
 No olvidemos aquello de que “unos mueven el nogal y otros cogemos las nueces” del presidente del PNV, el ex sacerdote jesuita Javier Arzallus. El gran patriarca del nacionalismo vasco justificaba implícitamente a los que movían el árbol para que otros, como él, pudieran coger los frutos, poniendo sobre la mesa de cualquier negociación los muertos que la banda iba dejando a su paso y, lo que es peor, incluso los muertos futuros porque, como le dijeron al ministro Rosón, “mañana puede ser peor que hoy”. ¿Y lo de Zapatero, llamando “hombre de paz” a Otegui?

Aznar, el mismo que hablaba catalán en la intimidad y tenía certezas incuestionables sobre el arsenal de armas de destrucción masiva en Irak, se refirió a ETA con el eufemismo estúpido de “Movimiento Vasco de Liberación”, poniendo sobre sus testas asesinas el laurel heroico de los que luchan y mueren por liberar a su pueblo, pero  una idiotez no mengua su calibre por salir de la boca de un político oportunista o ignorante. De todos modos la exclusiva de los dislates lexicales no la tiene solo Aznar, porque por la ventanilla de ETA pasaron todos y, el tiempo lo dirá, no me atrevería a asegurar que la banda no ha logrado una parte importante de sus objetivos, altamente representada como está en las instituciones y con serias posibilidades de lograr cotas de poder mayores.

 ¿Miremos para otro lado y aceptemos con piadosa ingenuidad que -qué casualidad-  los terroristas incrementaban sus crímenes cada vez que se aproximaba una negociación entre el Gobierno vasco y el Gobierno de España? No parece arriesgado deducir que ETA movía el nogal en el momento preciso y, no me atrevo a decir que como contraprestación, tenía una importante base de sustento emocional porque, gracias a sus “hazañas”, otros podían hacer caja porque  “París bien vale una misa”.

El pistoletazo de salida, el primer asesinato no planificado de la banda, lo dio un voluntarioso Txabi Etxeberrieta,  que en un control de carretera, en junio de 1968,  decidió acribillar al guardia civil José Ángel  Pardines Arcas. Supongo que por semejante hazaña, porque no se le conoce otra, una avenida de la guipuzcoana  Leioa lleva su nombre, lo que indica agradecimiento y reconocimiento a un hijo de la localidad… ¿Por los servicios prestados? Desde luego no fue por sus publicaciones. ¡Otra vez las nueces!

ETA, sin dejar de ser una banda terrorista tenía empapado de sangre incluso el pasamontañas con el que se ocultaban sus voceros, contó con la comprensión de sectores muy importantes, que la miraban con condescendencia. Una parte notable del clero vasco, aglutinado en torno al obispo Setién, era muy reacia a posicionarse claramente. Setién, durante los funerales prohibía dentro de las iglesias la bandera española sobre los féretros de los guardias civiles asesinados por ETA. El obispo siempre se mostró más comprensivo con los verdugos que con sus víctimas y, con el cinismo que le caracterizaba, llegó a preguntar  que "¿dónde está escrito que hay que querer a todos los hijos por igual?". Mejor huérfano que con ese padre.

VIDAS PARALELAS
Yo inicié mi vida profesional casi al mismo tiempo que ETA su actividad delictiva y, desde el principio, tuve el “privilegio” de  tratar con ellos, porque en mi primer destino, la prisión de Córdoba, ya me encontré con Izco de la Iglesia, condenado por el asesinato del inspector Melitón Manzanas. Fue el  primer acto planificado por la banda.  En ese atentado participó también el Mario Onaindía,  que  tras renegar de su pasado llegó a ser senador del PSE-EE.
 
El colectivo de presos etarras, que fluctuaba entre los 500 y los 800 de los casi 4000 dispositivos que tenía la banda, estaba diseminado por la práctica totalidad de los centros penitenciarios y en la prisión de Badajoz siempre hubo un remanente. Como director de la Unidad Docente, en lo relativo a la actividad académica,  los atendía yo. Es decir, que desde que comencé hasta mi jubilación, cuarenta y dos años después, siempre tuve el “privilegio” al que aludía más arriba. Se puede decir que comencé mi actividad profesional al mismo tiempo que ETA y que la concluí cuando dejaron de matar. Toda una vida. Eso me permitió ver su evolución, sus fluctuaciones, sus contradicciones,  los quebrantos internos  de la banda, que no siempre podía imponer un criterio vertical al colectivo de sus presos y las simpatías con que algunos los trataban.

Recuerdo que en una ocasión un profesor se desplazó hasta Badajoz desde Bilbao, en taxi,  para examinar a un alumno de Filosofía del Derecho. El alumno no quería hacer el examen, porque no había estudiado la asignatura, pero el profesor insistió, insistió, insistió… Al salir le pregunté que si lo había aprobado y me respondió que sí  “porque no sabe filosofía, pero sabe filosofar”. Nunca lo entendí, lo cuento por si alguien lo entiende. Pero el asesinato de 829 personas y más de 5000 heridos y mutilados, deberían impedirnos mirar para otro lado con la soflama del perdón y la reconciliación antes que de la Justicia. Justicia que debería alcanzar a los palmeros que tuvieron.

Hay que recordar los entierros nocturnos de guardias civiles y policías, que salían por las puertas traseras de las iglesias y recibían sepultura de madrugada, teniendo que contratar a sepultureros que no lo eran porque los oficiales se negaban por miedo. Mientras tanto, los terroristas fallecidos disponían de los bajos de la catedral del Buen Pastor de San Sebastián, cedidos por  Setién, sin objeción alguna a las banderas que cubrían los féretros. Sé que recordar esto puede resultar doloroso y hasta inoportuno, pero peor fue el dolor, silenciado y mudo, de las víctimas que se vieron excluidas incluso de la solidaridad del vecindario, mientras sus verdugos eran aclamados y daban nombre a calles, avenidas y plazas. El mundo al revés.  Nunca entenderé por qué el Gobierno vasco pagaba los desplazamientos de los familiares de ETA hasta las prisiones donde estaban sus presos y lo negaban a todos los demás. Si el recluso no era terrorista, su familia no tenía ayuda. ¿Se pagaban así las nueces?



¿ESTUDIAR A LA FUERZA?
Como “París bien vale una misa”, quiero creer que más por miedo que por identificación, sectores como el financiero, el industrial, el político, una parte considerable de sus universidades, profesionales, funcionarios e incluso fuerzas del orden público, sin olvidar un sistema jurídico tan garantista que les permitía llevar siempre la iniciativa, el caso es que ETA imponía su estrategia de terror. Todos los vientos eran favorables para las velas del terrorismo, todo en detrimento de sus víctimas y de la dignidad colectiva de un país que tragaba saliva y, en ocasiones, se ponía de perfil, por temor a que la respuesta de los pistoleros se hiciera aún  más agresiva. En una ocasión Suárez me comentó que había noches en las que se despertaba sudando, después de una pesadilla con atentados.  Tenía que levantarse y echarse agua fría en la nuca para desconectar del sueño y no continuar inmerso en la pesadilla.

Los reclusos etarras tenían, supongo que siguen teniendo, una postura colectiva al margen de los demás presos, con los que procuraban no tener excesivo trato. Disciplinados, unidos en las formas, nunca llevaban el paso cambiado y si decidían una huelga de hambre o de patio (negarse a salir de la celda), lo seguía todo el colectivo, sin fisuras. Por su parte, ETA no los abandonaba, cuidaba de sus familias, a las que incluso les asignaba una cantidad mensual, los atendían, los visitaban, les pagaban  asistencia letrada y, por decisión propia o por imposición de la banda, casi todos estudiaban o al menos se matriculaban.

Muchos de ellos, que entraron en prisión como neolectores, gente joven y sin oficio, salieron con una licenciatura, derecho, psicología y periodismo fundamentalmente, aunque también algún matemático. Bien es cierto que, hasta hace muy pocos años, aparentemente lo tenían más fácil que los demás, porque se matriculaban en la Universidad a Distancia del País Vasco, exclusiva para ellos. Los reclusos vascos que no pertenecían a ETA no tenían acceso a la misma y si querían estudiar tenían que hacerlo por la UNED… ¿Por qué? Buena pregunta. Era detectable cierta tolerancia en la calificación de los exámenes, sin que con esto insinúe complicidad o dejadez por parte de los profesores que los examinaban. Cuando está pervertido el todo, las partes importan poco.

LA INFORMACIÓN ES PODER
Los presos de ETA estaban bien informados de lo que ocurría en la calle, aunque es difícil saber cómo obtenían la información, más allá de la correspondencia, la radio, la prensa y las visitas que recibían de familiares, abogados y profesores. Una mañana, el bibliotecario me llamó porque un recluso destacado, que incluso siendo preso preventivo se presentó a las elecciones autonómicas y consiguió acta de diputado, insistía en que quería hablar conmigo. Nada más verme llegar se acercó a mí, con una pregunta muy lacónica y aparentemente inofensiva: “¿Mañana va Suarez a Jaén?” Yo no sabía nada de los viajes de Suárez y en un principio no le di excesiva importancia, pero pensándolo después… Lo comenté con el director de la prisión y consideramos conveniente trasladarlo al delegado del Gobierno, que hizo lo propio con el Secretario  de Estado para la Seguridad… El revuelo fue enorme porque era verdad que Suárez iba a desplazarse a Jaén y, fuera de un entorno muy reducido,  nadie lo sabía. ¿Cómo lo supo el preso etarra y para qué quiso que supiéramos que él lo sabía? Naturalmente el viaje se suspendió y por prudencia omito otras decisiones que se tomaron.
 
No siempre era fácil el trato con los reclusos de ETA porque, a veces, solían pedir más de lo que les correspondía. Tuve una pequeña discusión con uno por unas redenciones de estudio que no le correspondían. Estaba matriculado, pero no se había examinado de ninguna asignatura y aunque no tenía que aprobar para redimir, yo entendía que al no examinarse quedaba excluido. Pareció aceptar mi criterio, pero lo trasladaron y me dejó un regalo/recado/aviso, que me entregó otro recluso. Envuelta en papel de periódico, sellada con cinta celo, recibí una piedra plana, ovalada, con dos inscripciones  artísticas, hechas con rotuladores de colores. En una cara el nombre de mi hijo y en la otra el de mi hija. Daban donde más dolía, eso sí que sabían hacerlo.








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