sábado, 14 de julio de 2012

MIGUEL ÁNGEL BLANCO



El ambiente era muy tenso, por la larga espera y porque se presagiaba lo peor. ETA había anunciado –qué ironía- que  “ajusticiaría” al concejal de Ermua, Miguel Ángel Blanco, si el Gobierno no accedía a sus pretensiones. Como el Gobierno guardó silencio, todos entendimos que no se plegaba al chantaje y que el secuestrado corría un evidente peligro, porque ETA no amenazaba gratuitamente. Por la fuerza de los hechos, la organización terrorista había conseguido cierta credibilidad en sus amenazas criminales y aquel órdago, que abría una vertiente hasta entonces inédita, se tomó muy en serio. España contuvo la respiración y sorprendida por la nueva estrategia etarra, apenas reaccionó, salvo con plegarias y oraciones por la suerte de Miguel Ángel.
 
En el Centro Penitenciario de Badajoz había media docena de presos de la organización terrorista y tres de ellos eran alumnos míos. El temor que se le tenía a ETA en la calle no había saltado los muros de la prisión y los reclusos no se cortaban a la hora de enfrentarse y definir a los terroristas como asesino, canallas, sinvergüenzas… Y en ocasiones pasaban de las palabras a los hechos, por lo que los presos de la banda querían estar siempre agrupados, protegiéndose unos a otros y procurando evitar enfrentamientos con los demás. Cuando se supo del secuestro y de la amenaza de muerte de Miguel Ángel Blanco, los tres alumnos etarras, que se tomaban sus estudios con mucha seriedad, hicieron novillos y decidieron quedarse en el patio y no entrar en el aula. Yo los llamé y uno de ellos me dijo que iban a ser unos días muy duros porque lo de Miguel Angel Blanco “pinta mal”, y ellos habían decidido permanecer juntos en el patio porque la dirección del Centro no les había permitido quedarse en sus celdas.

Así supe, muchas horas antes del desenlace sangriento, que el asesinato de Miguel Ángel Blanco estaba programado y que su vida tenía una inminente fecha de caducidad: las cuarenta y ocho horas que la banda había dado al Gobierno para que agrupara en cárceles vascas a sus presos. Los reclusos etarras solían estar muy bien informados porque la debilidad de un sistema tan garantista permite incluso que otros miembros camuflados de la banda, supuestos abogados defensores, tuvieran una comunicación muy fluida con sus “clientes”. Aquella misma mañana, dos de ellos habían mantenido una entrevista con sus abogados y el  “pinta mal”  que me había dicho mi alumno era el anticipo era como la “crónica de una muerte anunciada”. Era fácil deducir que los “abogados” habían informado a sus “clientes”, dándoles instrucciones muy concretas sobre el comportamiento que debían tener en aquellas horas previas.

No hace falta recordar lo que finalmente ocurrió, pero la indignación era muy grande dentro de la prisión y los reclusos etarras se mostraban muy temerosos de las reacciones aisladas que pudieran surgir en cualquier rincón del módulo contra ellos. Estuvieron varios días sin entrar en el aula, pero cuando lo hicieron yo pedí un minuto de silencio como homenaje a Miguel Ángel Blanco. Los tres presos etarras, sorprendidos, me miraron con odio y se fueron, mientras los demás les echaban sapos y culebras.

1 comentario:

Rubén Cabecera Soriano dijo...

Sobrecogedora narración de una parte desconocida para mí de los hechos. Gracias. http://encabecera.blogspot.com.es/