viernes, 30 de marzo de 2012

LA BALADA DE ANÍBAL MALVAR (Crtítica literaria)

CUARTO PODER

La balada de los Miserables

                                                                                  Aníbal Malvar

                                                                                  Ediciones AKAL, S.A., 2012

                                                                                  349 páginas

                                                                                  ___ euros



La trama de esta apasionante novela, la desaparición de una niña gitana en un poblado marginal, es una percha, una disculpa que Aníbal Malvar aprovecha para llevarnos de la mano a un mundo de pesadilla, donde lo patibulario se mezcla en un cóctel imposible con la corrupción, la brutalidad, el delito, la marginalidad, la humanidad  y escenas de humor desternillante. No es novela ni de principiante ni para principiantes porque Malvar se propone, de principio a fin, no dar un solo respiro al lector, impidiéndole tomar distancias, para involucrarlo como un personaje más en esta narración coral en la que no hay protagonistas y quedan difuminados incluso los narradores, que pasan, según las circunstancias, de las víctimas a los verdugos. En un correturnos de vértigo,  la historia prosigue, cediendo el testigo de la narración de un juez a la vejez, de una rata a un policía, de una polla (pene) a un putañero o al quejido de un poblado miserable, enfangado, marginal y olvidado, donde nada merece el ulular de una sirena y todo lo que llega se acepta con naturalidad: “Las gitanas muertas no despiertan jueces a media noche”
 No es un mundo nuevo ni desconocido, en esta balada todos los acordes resultan previsibles e incluso en  la serie televisiva de “Callejeros” hemos visto escenas que podrán servir como fotos fijas de esta canción de miseria. La historia, como sus protagonistas, es intencionadamente irrelevante, porque resulta evidente que Aníbal Malvar lo que quería era contar a su manera, sin limitaciones estéticas, como él ve y siente, deteniéndose muy poco en los conceptos formales de una literatura que puede enmarcarse en la novela negra, si optamos por el reduccionismo de las definiciones. Creo que esta novela, sobria, conceptualmente avanzada, novedosa y bien construida, no pertenece a ningún genero, excepto al de las novelas dignas de ser leídas y analizadas, porque cuando creemos que todo está dicho y todo está escrito, ”La balada de los miserables” nos demuestra que siguen vigentes los versos de Jesús Delgado Valhondo: “después de la hierba pisada /queda hierba por pisar”.
 ¿Qué aporta “La balada de los miserables”, una novela inclasificable, en la que el argumento y los personajes, triturados hasta la inexistencia en la coctelera de un vértigo narrativo, dicen poco? La novedad la aporta el autor en sí mismo, en su modo expositivo, en la fiereza de sus frases rotundas, en los giros difíciles, a veces alambicados, del lenguaje y en la jerga ocasional para proyectar sobre la pantalla el perfil de unos personajes principales que devienen en secundarios y se desmoronan como estatuas  de arena a la primera envestida del agua. No es novela de fondo, es novela de forma, con algunos excesos prescindibles.
 Aníbal Malvar escribe con pasión, con obcecación contagiosa. Despreocupado de las reacciones del  lector al entrar en su mundo de pesadilla, es éste el que debe correr con la carga de la prueba, claudicando, dejándose embridar hasta lograr, con algún esfuerzo inicial, las claves de una forma de escribir que concluye en dependencia embriagadora. Cada página empuja a la siguiente, sin dar resuello ni tiempo, sin permitir el análisis mínimo del trasmundo de un universo que acaba siendo normal, familiar y reconocible. Malvar escribe: “el tasco  oloroso a meo del Parlemino, donde las moscas se quedaban pegadas a las bombillas peladas por culpa del opio ambiente” y sigue su camino, despreocupado e indiferente, como si no tuviera tiempo para las sutilezas literarias y no pudiera sostener el vómito que le aflora. Es el lector el que tiene que poner el esfuerzo intelectivo si no quiere quedarse descolgado. Muchos, lo sé, abandonarán esta novela en el primer tercio, después de ir y venir, leer y releer, sin haber logrado las imprescindibles claves de complicidad con el autor. El esfuerzo merece la pena, porque, como conclusión, Malvar da más de lo que exige.
 El relato, con recurrentes flash-backs, se ve enriquecido por frases que exigen detenimiento:  “La luz sólo ve lo que alumbra”, “el cadáver quedó allí tendido, echando sangre por todos los agujeros por los que se vacía y llena el cuerpo humano y por dos más”, “tetas amenazadas por feroces cocodrilos de Lacoste”, “polla que huele, duele”, “no hay nada peor que ser la polla de un capullo”, “las ratas tenemos los ojos chicos para desconfiar más” “Valdeterneros es tan arrabales  que aún no se ha instalado allí ningún chino”, “¿qué tal mi amigo el Calcao? Supongo que mal, porque está muerto”, “cuando notas la caricia fría de la vaselina en el culo, es que algo te va a doler”…
 Al socaire de un humor negro, paralelo al de el Corto, entre lo escatológico y lo nauseabundo con ramalazos poéticos, dando manotazos para arribar a una orilla que flota para alejarse, Aníbal Malvar se posiciona claramente del lado de sus personajes más irredentos y miserables, con una crítica inmisericorde hacía una normalidad contra la que se revela: “los jueces teníamos que dictar las sentencias según las empresas de sondeos”. Uno de los personajes, uno más, es un inspector de policía, tramposo, sucio y trapacero, lleno de vicios y carcomas, al que, a pesar de todo, lo hace brillar por encima del sistema. Lo quieren apartar por sus desmanes y drogadicciones múltiples y él se queja amargamente: “Joder, tíos. De pequeño me echaron dos veces del colegio. De bares me han echado mogollón de veces. Me han echado de timbas ilegales de póquer. De bailes de salón. De entierros. De charlas de alcohólicos anónimos. De muchas camas… Pero tíos, ¡joder! Que me vayáis a echar de la policía, eso sí que es caer bajo”.
 En pocas ocasiones he tenido en mis manos una novela tan rotunda y ultimada, llevada de principio a fin con un ritmo agotador. Apasionante y apasionada. Después de esta experiencia, habremos de esperar la trayectoria literaria de este Aníbal Malvar que escribiendo a brochazos y evidencia en cada página que después de la hierba pisada, le queda mucha hierba por pisar.

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